domingo, 30 de julio de 2017

EL EGO Y LA BESTIA ( I )





EL EGO Y LA BESTIA

(Primera parte)


Wolfgang Smith



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sanatanadharmatradicional

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Capítulo extraído de "Cosmos & Trascendence: Breaking Through the Barrier of Scientistic Belief"
Sophia Perennins, 2008. Traducción al castellano: Roberto Mallon Fedriani.



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Entre Darwin y Freud solo hay comparativamente un pequeño paso. Dado que la especie humana derivaría de antepasados subhumanos, su mentalidad también habría evolucionado a partir de una auto-consciencia rudimentaria: lo racional de lo no-racional, la auto-consciencia de lo instintivo. Si tal fuera el caso, no puede ser sino algo natural suponer que la psique bestial aún existe en nosotros, oculta detrás –o debajo– de la mente consciente como un vestigio del estadio animal. Y es así como como llegamos en esencia al id[1] freudiano, al sustrato psíquico que Freud entiende ser “el núcleo de nuestro ser”[2].

Es cierto que Freud ha restringido este concepto vaciando el id de todas las facultades relativas a la percepción del mundo exterior y de la respuesta a estímulos exteriores: el id freudiano, como tal, no está en contacto con el ambiente externo. Solo conoce acerca de sus propias necesidades somáticas, de “tensiones” que busca eliminar a través de una descarga apropiada de energía. “Catexis[3] instintivas que buscan la manera de descargarse”, dice Freud, “y que, desde nuestro punto de vista, están todas allí, en el id.”[4] Parece entonces que “el núcleo de nuestro ser” no estaría especialmente bien dotado, y que no habría mucho que decir sobre ello. El mismo Freud deja esto perfectamente claro:

Es la parte oscura, inaccesible de nuestra personalidad… lo llamamos caos, un caldero lleno de excitaciones en ebullición… carece de organización, no produce ninguna voluntad colectiva, sino que únicamente busca la satisfacción de las necesidades instintivas sujetas al cumplimiento del principio del placer.[5]


Considerando que no puede haber ninguna vida animal sin algún tipo de selección, adaptación y control, está claro a partir de aquí que incluso en los animales más inferiores el id necesita ser complementado por otra formación psíquica que pueda actuar como intermediario entre él mismo y el ambiente exterior. Según Freud, este segundo componente de nuestra constitución psíquica deriva del primero. “Bajo la influencia del mundo real exterior que nos rodea”, se nos dice, “una parte del id ha sufrido un desarrollo especial. A partir de lo que originalmente era una capa cortical  dotada de órganos para recibir los estímulos, y con un aparato de protección contra una excesiva estimulación, ha surgido una organización especial que en lo sucesivo actua como intermediario entre el id y el mundo exterior. Esta región de nuestra vida mental ha sido llamada ego.”[6]

Para llevar a cabo esta función intermediaria, el ego debe por supuesto comunicarse con el id. Para empezar, en tanto en cuanto el ego no tiene energía propia, se ve obligado a obtener su poder a partir del id; y habiendo conseguido esto de alguna forma (parece que a menudo, con la ayuda de estratagemas taimadas), debe entonces acometer la guía del organismo hacia el cumplimiento de sus funciones naturales, una tarea que implica el ejercicio de determinados controles sobre las propensiones instintivas del id. A este respecto, el ego puede compararse con un jinete controlando su caballo. Pero, como señala Freud, la relación entre el ego y el id se corresponde de hecho con una situación que está lejos de ser ideal, pues en este caso resulta que el jinete está obligado eventualmente a guiar su montura hacia un destino que no ha sido elegido por otro que el propio caballo. “El ego”, sostiene Freud, “debe llevar adelante completamente las intenciones del id.”[7] Y también: “El poder del id expresa el verdadero propósito de la vida individual del organismo.”[8] En una palabra, el ego es poco más que una máscara, “una forma de fachada”[9] detrás de la cual se encuentra el id.


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Antes de continuar examinando algunos de los demás conceptos de la doctrina freudiana, es conveniente detenerse y reflexionar por un momento sobre lo que se ha dicho hasta ahora respecto al ego y al id. Para empezar, observemos que las enseñanzas freudianas –bastante sorprendentemente– tienen algo en común con la antropología cristiana. De hecho, están de acuerdo en una profunda verdad que normalmente pasamos por alto, y que es crucial para cualquier comprensión profunda del hombre. Podría decirse de la siguiente manera: el hombre en su estado egocéntrico ha olvidado quién es. En este estado no se conoce correctamente a sí mismo. Se identifica con el ego, y al hacerlo falla en reconocer que el ego como tal es meramente un fenómeno –un efecto, o quizás una imagen, de lo que somos–. ¿Y cuál es esa verdadera naturaleza; el verdadero “núcleo de nuestro ser”? Es aquí, en la respuesta a esta cuestión básica, donde divergen el Cristianismo y Freud. Para el cristiano, el núcleo de nuestro ser se localiza en el alma, o en la parte más elevada del alma, que es en sí una imagen –no de algo contingente o temporal, sino de Dios Mismo–. Ésta es la razón por la que Clemente de Alejandría y otros muchos santos podían afirmar: “Si un hombre se conoce a sí mismo, conocerá a Dios.” Ahora bien, la respuesta de Freud a la perenne pregunta “¿Quién soy yo?” es bastante diferente: para él, como hemos visto, la búsqueda conduce, no a una imago Dei sino a un “caldero hirviente de excitaciones”, o a un caos de “catexis instintivas que buscan la manera de ser descargadas.”

Esto no quiere decir que cosas tales como las “excitaciones en ebullición” o las “catexis instintivas” no existan. Ciertamente, se ha de admitir, tanto desde un punto de vista tradicional como freudiano, que nuestra constitución psíquica es compleja y admite distintos niveles. Sin embargo, la diferencia esencial entre la psicología tradicional y la freudiana radica en el hecho de que la primera prevé un orden jerárquico que conlleva no solo una parte “inferior” –hecha de capas subconscientes–, sino una parte “superior” constituida por lo que se podrían llamar “grados espirituales”. De seguro que en nuestro estado presente estos niveles superiores de consciencia están también obscurecidos, tanto como el id freudiano, y lo que para nosotros es el inconsciente, está hecho de los elementos más disparatados: comprende las verdaderas antípodas del espectro psíquico. Entonces, el ego, con su banda de conciencia estrecha y cambiante, ocupa un lugar intermedio: está situado en algún lugar “entre el Cielo y el Infierno”, o entre aquello que responde respectivamente en nosotros a estas dos denominaciones. De aquí que, simbólicamente hablando, en principio sea posible tanto ascender como descender desde el plano del ego. Además, “ascender” es acercarse al verdadero núcleo de nuestro ser: es alcanzar un grado más elevado de auto-conocimiento. Del mismo modo, también es por un “descenso” –una desviación de la naturaleza arquetípica y una cierta caída en el olvido– como hemos llegado al nivel familiar de nuestra existencia psíquica –el ego, al que normalmente tomamos como nuestro propio sí mismo–. Es más, este movimiento descendente no ha alcanzado aún su límite extremo: todavía hay un “abajo” en el que es posible deslizarse. Habiendo sido creado “reflexivo y sabio a imagen de Dios”, como dice Gregorio de Sinaí, el hombre no obstante tiene la opción de hacerse “bestial, insensible, y casi demente”.

Difícilmente cabria concebir una mejor descripción del id freudiano. Es más, cabría suponer que para los hombres con discernimiento espiritual no sería sorprendente la existencia en nosotros de un “reino infernal” así. Por tanto, la principal contribución de Freud radica en el hecho de haber elevado este elemento particular de nuestra constitución psíquica al estatus de primer principio: lo ha convertido en “el núcleo de nuestro ser”. Aquello que en los esquemas tradicionales se presenta como el sector más inferior de la existencia psíquica –una mera sombra de esa luz supra-psíquica que reside en nosotros como una imagen de Dios– se convierte a los ojos de Freud en nuestra auténtica alma. Un análisis más profundo de la doctrina freudiana muestra que es una inversión de la verdad cristiana.

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Pero sigamos adelante. Tras formular sus ideas acerca del ego y del id, el propio Freud llegó a darse cuenta de que algo había quedado fuera de la cuenta. Después de todo, la vida del hombre no está preocupada exclusivamente por las necesidades biológicas y las exigencias de supervivencia. Tiene también un propósito más elevado que encuentra su expresión especialmente en las esferas del arte y de la religión, así como en incontables acciones y reacciones de nuestra vida diaria. Por tanto, debería haber algo en nuestro aparato psíquico que se correspondiese con los aspectos ideales de la cultura humana; una estructura que engendre y de soporte a los distintos modos de idealismo. Ahora bien, en primer lugar, es obvio que el id no puede hacer tal cosa per se. Además, el ego, habiendo emergido del id bajo la influencia de las percepciones exteriores –como hemos señalado anteriormente– está ocupado principalmente con la tarea de “representar el mundo eterno al id”[10] ; una función que es necesaria para la supervivencia del organismo. Así pues, por su génesis y su raison d’etre, el ego es un realista: está más preocupado son las realidades externas que con las normas o los ideales. “Para decirlo de una forma popular”, observa Freud, “podemos decir que el ego representa a la razón y al sentido común, mientras que el id representa la pasión indómita”.[11] Y aunque se aviene quizás más a “las cosas más finas de la vida” que el abiertamente bestial id, el ego como tal no puede ser ni un moralista ni un artista, ni siquiera un ciudadano formal de una sociedad civilizada. Por consiguiente, para explicar el –así llamado– aspecto más elevado de la vida humana, se requiere una estructura psíquica nueva, una estructura que por el mismo hecho de sus propensiones ideales debe estar separada de alguna manera del ego. Y a esto es a lo que Freud se refiere con el “super-yo”, denominado así porque actúa como observador y juez del ego, y porque prescribe las normas que se supone debe seguir este último, así como el ideal que está llamado a emular. Es por esta razón por lo que algunas veces se le llama “ego ideal”.

Hasta ahora la doctrina parece suficientemente prometedora.  Sin embargo, para comprender hacia donde está yendo Freud debemos seguirle cuando intenta describir y explicar la génesis de esta nueva entidad psíquica. Y esto nos lleva hasta el célebre complejo de Edipo: la extraordinaria teoría que afirma que durante determinado estadio de la vida del niño varón, éste experimenta un deseo de asesinar a su padre y tener relaciones sexuales con su madre; mientras que la niña, por el contrario, se vuelve en contra de su madre y desea tener un hijo de su padre. Para complicar aún más las cosas, según Freud todo ser humano es intrínsecamente bisexual a lo largo de su vida, de modo que incluso en la infancia las tendencias homosexuales entran en escena. Conforme a esto, resulta que el niño está de hecho preocupado por un complejo de Edipo “doble” o “completo”, hecho de cuatro deseos perversos. En el curso “normal” de los acontecimientos –y después de muchas angustias, frustraciones, y experiencias traumáticas– el complejo de Edipo es finalmente “disuelto” en el momento en el que “las cuatro tendencias por las que está constituido se agrupan de tal forma que producen una identificación con el padre y una identificación con la madre.”[12] Esta metamorfosis se supone que tiene lugar alrededor de los cinco años, y se piensa que da lugar a la tercera estructura básica de nuestra constitución psíquica:

El resultado general de la fase sexual dominada por el complejo de Edipo puede por tanto entenderse como la formación de un precipitado en el ego consistente en estas dos identificaciones, de modo que quedan unidas entre sí de alguna manera. Esta modificación del ego conserva su posición especial; confronta los demás contenidos del ego como “ego ideal” o “super-yo”.[13]

El “super-yo” representa entonces un tipo de internalización de la imagen bipolar parental. Como “heredero del complejo de Edipo”, es una expresión de lo que Freud califica como “las vicisitudes libidinales más importantes del id” [14] y que son justamente los impulsos que, como hemos visto, se expresan a sí mismos en la fase edípica como tendencias hacia el incesto y el parricidio. Estas “vicisitudes libidinales del id” encontrarán –probablemente– canales más aceptables de auto-expresión dentro de la estructura del super-yo que han ayudado a producir. “Estableciendo este ideal de ego”, continua Freud, “el ego domina el complejo de Edipo y a la vez se coloca bajo el sometimiento del id.”

Al final de este tortuoso camino descubrimos que, a pesar de su frecuente apariencia mojigata, el super-yo no es sino otra proyección del id. Al igual que todo lo demás dentro de la psique humana, no es más que una fachada de la bestia que hay en nosotros, el “oscuro id” que constituye “el núcleo de nuestro ser”.


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Naturalmente, surge la cuestión sobre cómo ha sido Freud capaz de determinar la veracidad de estas alarmantes conclusiones. Por ejemplo, ¿cómo se va a verificar que el super-yo –el vehículo de todo pensamiento ideal– surge de la disolución del complejo de Edipo? ¿O cómo podemos estar seguros de que realmente se da en primer lugar un complejo de Edipo? Freud tiene mucho que decir acerca de las fantasías sexuales de los niños, pero ¿cómo sabe él estas cosas? ¿cómo averiguó que cuando una niña pequeña tiene el primer atisbo del órgano masculino se ve inmediatamente aquejada de la “ansiedad de castración”, se siente “con una gran desventaja”, y “cae víctima de la envidia del falo; todo lo cual le deja señales indelebles en su desarrollo y en la formación del carácter…”[15] ¿Es esto un hecho, un dato a partir del cual se puedan extraer conclusiones científicas válidas? ¿O se trata solamente de una suposición, una conjetura que en sí requiere anclarse en hechos observables?

De hecho, sería difícil afirmar que cosas tales como la denominada “ansiedad de castración” y la “envidia del falo” sean científicamente observables en el niño. El mismo Freud señala en relación a esto que “uno tiene la oportunidad de ver niñas pequeñas y no se percata de nada parecido a esto.”[16] No obstante, continúa asegurándonos que “se puede llegar a ver suficiente en los niños si uno sabe cómo mirar.” ¿Pero qué significa esto? ¿En qué consiste esta forma superior de mirar? ¿No se trata más bien de captar selectivamente distintas facetas del comportamiento infantil y de interpretarlas conforme a ciertas ideas preconcebidas? Uno recuerda aquella frase célebre de Freud sobre el cuidado de los niños: “al caer dormido completamente satisfecho sobre el pecho materno, muestra un aspecto de bienestar consumado que retornará de nuevo más tarde en la vida tras experimentar el orgasmo sexual”. No obstante, parece que Freud no da mucho crédito a las posibilidades resultantes de la “observación entrenada”. Es así como nos pide que consideremos “lo poco de sus deseos sexuales que puede traer un niño a la expresión preconsciente, o ni si quiera comunicar”; y continua señalando que “de acuerdo con esto, no hacemos sino el bien si estudiamos los residuos y consecuencias de este mundo emocional retrospectivamente en personas en las que estos procesos de desarrollo han alcanzado un grado de expansión especialmente evidente, incluso excesivo.”[17] Pero decir esto es, en primer lugar, asumir  que existen las fantasías infantiles en cuestión, y en segundo lugar, que continúan creciendo y desarrollándose hasta la vida adulta, en donde de hecho pueden alcanzar “un grado de expansión especialmente evidente e incluso excesivo.” ¿Acaso no es esto un ejemplo clásico de petición de principio? Uno no puede sino estar de acuerdo con Andrew Salter cuando se refiere a todo este tren de pensamiento freudiano como un “crescendo progresivo de razonamientos incorrectos.”[18]

Para empeorar aún más las cosas desde el punto de vista epistemológico, resulta que somos incapaces de llegar a nuestro fin a través del estudio de adultos normales, pues es especialmente en el adulto anormal, en el paciente neurótico, en donde se pueden observar definitivamente estos fenómenos esquivos. “La patología”, dice Freud, “siempre nos ha prestado el servicio de hacernos discernibles, por medio del aislamiento y la exageración, estados que permanecerían ocultos en un estado normal.” Pero por supuesto, esta es otra hipótesis, otro supuesto que ha de admitirse a fin de sostener el argumento freudiano. Al igual que en caso de la homosexualidad y los apetitos incestuosos de los infantes, se ha de suponer que estos “estados” permanecen ocultos en los individuos normales. Pero incluso admitiendo esta hipótesis adicional, nuestras dificultades están lejos de haber sido superadas. De hecho, hay que decir que acaban de empezar, pues al intentar extraer conclusiones científicas del galimatías de testimonios que se pueden obtener de los pacientes neuróticos, uno se ve forzado más que nunca a seleccionar e interpretar, en resumen, a hipotetizar; pues no se debe suponer que, incluso bajo un análisis experto, el paciente pueda simplemente recordar cosas tales como la supuesta fase edípica de desarrollo. “Recordarán”, nos dice Freud en relación con esto, “un episodio interesante en la historia de la investigación analítica que me causó muchas horas de angustia. En el periodo en el que el interés principal estaba dirigido a descubrir los traumas sexuales infantiles, casi todos mis pacientes femeninos me dijeron que habían sido seducidas por su padre. Esto me llevó a darme cuenta al final de que estas afirmaciones no eran ciertas… Solo después fui capaz de reconocer en esta fantasía de ser seducida por el padre, la expresión del típico complejo de Edipo en las mujeres.”[19]

Merece la pena señalar que estas fantasías incestuosas se suscitaban “durante el periodo en el que el interés principal [esto es, el interés principal de Freud] se dirigía al descubrimiento los traumas sexuales infantiles.” Uno no puede sino preguntarse hasta qué punto estas imaginaciones perversas podrían haber sido sugeridas en el curso del análisis, especialmente si uno considera esos asuntos como “transferencias” y otros procesos más o menos ocultos asociados con el psicoanálisis. Pero esto es algo que abordaremos después cuando entremos en proceso psicoanalítico como tal. Por el momento solo queremos subrayar lo que hemos dicho anteriormente; a saber: incluso después de que uno ha admitido todos los supuestos necesarios que permiten considerar las fantasías de los pacientes neuróticos como un terreno de prueba legitimo para la elaboración de teorías acerca de la sexualidad infantil, apenas se ha dado un solo paso hacia la confirmación de la teoría del Edipo. Por consiguiente, no hay duda de que esta doctrina ha sido rechazada por la mayoría de las escuelas contemporáneas de psicología, y que, incluso entre los más reconocidos seguidores de Sigmund Freud, existe una tendencia pronunciada a hacer nuevas lecturas y extraer nuevos significados de la vieja fórmula con el fin de llegar a algo que sea más aceptable.

La contundencia de los argumentos de Freud ha sido cuestionada desde el principio por científicos y filósofos, incluyendo los muchos que simpatizaban con esta doctrina. Ludwig Wittgenstein, por ejemplo, a la vez que comentaba de forma aprobatoria lo que él llamaba “el encanto” de la teoría freudiana, insistía no obstante en que estas enseñanzas carecían de status científico. Todo ello es bastante interesante, dice de hecho, pero ¿cómo se puede comprobar que sea verdadero? Y Robert Sears, de Harvard, en un informe concienzudo encargado por el Consejo de Investigación de Ciencias Sociales, resumió estas dudas en los siguientes términos:

Los experimentos y observaciones examinados en este informe dan testimonio de que son escasos los investigadores que se sientan libres de aceptar que las aserciones de Freud sean creíbles. La razón radica en el mismo factor que hace del psicoanálisis mala ciencia: su método. El psicoanálisis se basa en técnicas que no admiten la repetición de la observación, carecen de validez auto-evidente, y están teñidas hasta un grado desconocido con las sugestiones del propio observador. Estas dificultades puede que no interfieran seriamente con la terapia, pero cuando se utiliza el método para descubrir hechos psicológicos que son requeridos para tener validez objetiva, sencillamente falla.[20]

Freud, por su parte, estaba preparado para defenderse insistiendo en que “las enseñanzas del psicoanálisis están basadas en un número incalculable de observaciones y experiencias, y nadie que no haya repetido esas observaciones sobre sí mismo o sobre otros está en situación de llegar a realizar un juicio independiente de ellas.”[21] Por supuesto, ‘repetir observaciones sobre uno mismo’ significa ser psicoanalizado, y lo que Freud nos está diciendo claramente es que solo los psicoanalizados o los psicoanalistas están capacitados para juzgar la verdad de su doctrina. No hace falta decir que esta afirmación capital no fue bien con sus críticos, y si antes tenían dudas acerca de la validez científica de las afirmaciones freudianas, ahora quedaba claro que, a pesar de cualquier cosa que se dijera –a favor o en contra– de la doctrina psicoanalítica, lo cierto es que no se trataba de una teoría científica.

No obstante, parece que a esta valoración final solo han llegado unos pocos pensadores. Dentro de círculos más amplios, y especialmente entre los artistas bohemios, los actores, y los literatos, la distinción sutil entre ciencia y ficción se ha pasado en general por alto. “El resultado neto”, dice un psicólogo contemporáneo, “fue una campaña de relaciones públicas que no podría haberse llevado a cabo ni con un millón de dólares. Una vez que el psicoanálisis se puso de moda entre los escritores, solo quedaba un pequeño paso para que sus lectores más impresionables se sentaran angustiados e impacientes en las salas de espera de los psicoanalistas.”[22]


(Continua en Segunda Parte...)



[1] N.T. Este id se suele traducir en la literatura psicoanalítica como “Ello”.
[2] An Outline of Psychoanalysis, citado en adelante como AOP (New York: Norton, 1949), p108..
[3] N.T. Catexis: “carga energética”; a veces llamada también “carga o investidura libidinal”.
[4] New Introductory Lectures on Psychoanalysis; citado en adelante como NILP (New York: Norton, 1965), P74·
[5] Ibid., pp 73-74.
[6] AOP, p15.
[7] NILP, P77.
[8] AOP, p19.
[9] Civilization and its Discontents (New York: Norton, 1962), pp 12-13.
[10] NILP, p75.
[11] Ibid., p76.
[12] The Ego and the Id (New York: Norton, 196), p24.
[13] Ibid.
[14] Ibid., p26.
[15] NILP, 125.
[16] Ibid., p121.
[17] Ibid.
[18] The Case Against Psychoanalysis (New York: Citadel Press, 1963), p18.
[19] NILP, p120.
[20] Survey of Objective Studies of Psychoanalytic Concepts, Social Science Research Council, Bulletin 51, New York 1943, p133.
[21] AOP,P9
[22] The Case Against Psychoanalysis, op.cit., p11.