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domingo, 21 de agosto de 2016

LA HORA DE LOS PEQUEÑOS (Evangelio de Tomás)



LA HORA DE LOS PEQUEÑOS

(Comentario al Logion 39 del evangelio según Tomás)


Roberto Pla

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 "...Y ésta será la ciencia que los pequeños, en posesión de las llaves habrán de construir para que los seguidores del conocimiento puedan entrar...

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LOGION 39 EVANGELIO DE TOMÁS

JESÚS HA DICHO: LOS FARISEOS Y LOS ESCRIBAS HAN RECIBIDO LAS LLAVES DE LA CIENCIA (gnosis) Y LAS HAN OCULTADO. NO HAN ENTRADO ELLOS Y A LOS QUE QUERIAN ENTRAR NO LES HAN DEJADO, PERO VOSOTROS SED SUTILES[1] COMO LAS SERPIENTES Y PUROS COMO LAS PALOMAS.



COMENTARIO

Este logion, que aparece repetido en términos paraIelos por Mateo, Lucas y el P. Oxyr., es de gran importancia[2]. Lo que Jesús dice es que hay una ciencia para alcanzar el Reino de Dios. Dicha ciencia exige, para que pueda ser practicada con eficacia, unos conocimientos previos que Jesús llama llaves y que sin duda los sabios antiguos recibieron, esto es, los habían estudiado, desarrollado y transmitido, aunque seguramente no sin el sigilo que los Misterios del Reino requieren[3]. Pero los legistas judíos, según acusa Jesús, lejos de hacer uso de esas llaves de la ciencia de Dios que recibieron y que debían haber mostrado a los que querían entrar, las ocultaron hasta perderlas[4]. En consecuencia, los maestros de Israel coetáneos de Jesús, no sólo no sabían entrar en el Reino, sino que además, por su ignorancia en esa ciencia venían obstaculizando la entrada de aquellos que aunque bien dotados y dispuestos, pero faltos de conocimiento, pugnaban infructuosamente por entrar.

Así es como al proclamar la Buena Nueva se ve obligado Jesús a inaugurar otra vez la ciencia del Reino para dar a su pueblo —a los que le siguen, según el evangelio—, conocimiento de Salvación[5].
Parece evidente que las llaves de la Ciencia de Dios fueron reservadas por Jesús para aquellos discípulos que reunió como institución de los Doce (Misterios), según dijo muy explícitamente: A vosotros se os ha dado el conocer los Misterios del Reino de los Cielos[6].

Fue a Simón Pedro el primer discípulo a quien Jesús le entregó (le descubrió, le manifestó) las llaves del Reino. Según relata el evangelio, esto ocurrió en aquella ocasión en que el discípulo le identificó como el Cristo, el Hijo de Dios vivo[7]. Fue ésta una gran demostración del desarrollo espiritual experimentado por Simón Pedro y Cristo vio en esa identificación, que el alma de Simón se colocaba ya justamente ante la puerta de la bienaventuranza, aquella puerta por donde penetra en el Reino todos aquellos que se emplazan como candidatos a recibir la señal de Jonás[8]. Jesús explica entonces que tal revelación no la trae la carne, ni la sangre, sino el Padre, lo que equivale a decir que por sus la carne (el cuerpo) y la sangre (el alma)[9], no son aptos para alcanzar la intuición del Hijo del hombre, sea en su vertiente oculta, o manifiesta.

La revelación que da aptitud a la conciencia para recibir la luz primera de la identidad del Hijo del hombre, sólo puede venir del Padre, y viene, en efecto, cuando el alma se ha hecho tan sutil y tan pura, tan limpia, que la Palabra de Dios desciende naturalmente a través de sus diversas capas hasta la conciencia, a la cual llega como un destello de conocimiento. Por eso está dicho: Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar[10].

Después de su revelación, Simón Pedro quedó constituido en pequeño, evangélico, esto es, en recién nacido de lo alto. El pequeño, el niño, es siempre, en el lenguaje de Jesús, el hombre pneumático nacido a la conciencia del hombre completo cuando se cumple en el adán, alma viviente, la grandiosa y mistérica aparición en la conciencia, del hombre espiritual, el Ser real, cuyo dulce dominio de absoluta inteligencia no puede ser descrito, pues como dice Jesús en el evangelio de Juan: Es, como el viento, que sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de donde viene ni a donde va[11]. En efecto, en un intento de descripción desde la conciencia vacilante, se puede decir que llámese como se quiera el recién nacido de lo alto aparece como una voz que habla donde no hay nadie que hable; un mensajero que llega sin forma ni substancia; la semilla última y profunda del Ser que se ha abierto a la Vida.
Hay que agregar a todo esto que la congregación u asamblea de los pequeños constituyen en la unidad de sus miembros designados en el sexto día, la comunidad o iglesia de Cristo, pues todos son uno en Cristo sea oculto o manifiesto. Los miembros de esta comunidad del espíritu son ya nacidos, cuando ha sido intuida por la conciencia su existencia esencial, tal como debió ocurrir en Simón Pedro, o aún non-natus cuando permanecen enterrados, ocultos bajo las densas capas de Conciencia psíquica en espera de que se les conceda nacer, manifestarse en ella. Pero en todos los casos son ellos siempre la piedra, desechada primero por los constructores, tal como ocurre todavía con la mayor parte de la humanidad, pero reconocida luego indefectiblemente como piedra angular[12].

En memoria de su revelación que convertía a Simón en miembro natus de la comunidad espiritual de Cristo, fue trocado por Jesús el nombre de Simón por el de Pedro (Cefas), por ser desde entonces reconocido como piedra angular[13]. En cuanto non-natus, los miembros de esta eclesia de elegidos sufren la muerte temporal mientras permanecen enterrados bajo el sepulcro blanqueado[14] de la conciencia ignorante; pero las puertas de la mansión de los muertos[15] no prevalecerán contra ellos porque su naturaleza única es la de ser ángeles (dioses, jueces de origen divino), dotados de vida eterna, que recuperan cuando nacen en la conciencia purificada.

La conciencia del hombre que ha nacido de lo alto se eleva cual una escalera a través del hombre completo, como ocurría con aquella escalera que soñó Jacob, con su peldaño inferior apoyado en tierra mientras que la cima tocaba el cielo[16]. Por esa escalera suben y bajan los ángeles como mensajeros del conocimiento perfecto, sembrando en el alma las llaves de la ciencia de Dios, para que el fruto nacido de la tierra pueda ser gustado en los cielos con tanta plenitud como gustado en la tierra el producido en los cielos. Esto se define en la ciencia que Cristo proclamó en Pedro como virtud para absolver (atar) o condenar (desatar), según juicio de perfección, en la asamblea de los dioses.
No los sucesores ocultos de Pedro, pero si los manifiestos, se responsabilizaron luego de que el pueblo recibiera los fundamentos del conocimiento de salvación explicado por Jesucristo; pero tales sucesores quedaban exentos de la exigencia de ser pequeños. De ahí que de las llaves de la ciencia que fueron entregadas  a Pedro para las puertas de la Ciuda de Dios solo las de la vertiente manifiesta de Cristo han sido utilizadas. Pero los hombres de la humanidad cristiana precisan de todas sus vías para lograr la formación del Espíritu en su interior y urge empezar a esclarecer una ciencia de Dios que permita revelar el Hijo del hombre como pequeño, como recién nacido de lo alto, tal como lo hizo Pedro cuando su revelación: “Tú, el fruto de mis entrañas, Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo[17].
Tal vez es llegada la hora de los sucesores ocultos de Pedro, la hora de los pequeños en el Reino de Dios. Cada uno de éstos, por ser pequeño, ha recibido las llaves que sirven para asentar los cimientos de la ciencia que lleva a las puertas de la Ciudad sagrada, y todos saben muy bien servirse de esas llaves porque Jesús lo dijo muy claro: Sed prudentes (sutiles) como las serpientes (sutiles) y sencillos (puros) como las palomas[18].

La prudencia consiste en la virtud de discernir entre el bien y el mal, lo cual equivale a estar en posesión de la ciencia que a los padres del paraíso comunicó el fruto de aquel árbol genesíaco, cuando lo hubieron probado a instigación de la serpiente. En aquella ocasión, se cuenta que Yahvéh Dios dijo: He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros[19]. Y si Jesús dijo, según el logion, Sed sutiles, es porque el cedazo del discernimiento exige para llegar hasta el Espíritu de Dios, el único que conoce lo íntimo de Dios[20], disponer de varios tamices superpuestos cuyo grosor disminuya desde lo grosero a lo sutil y desde esto a lo muy sutil, hasta que la conciencia deje de percibir las semejanzas de sí misma para entender la realidad inefable que se expresa únicamente tras la locución o nombre divino que fue revelado a Moisés durante su primera teofanía en el monte Horeb: Yo soy el que es[21].

La sencillez, la pureza, es sin duda, la cualidad requerida para que la acción del tamiz deje limpiamente en la transparencia del Ser, el grano limpio, solo, sin añadiduras. El evangelista Mateo lo señaló en la sexta bienaventuranza: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios[22].

Y ésta será la ciencia que los pequeños, en posesión de las llaves habrán de construir para que los seguidores del conocimiento puedan entrar. Que no haya un ¡ay! por ellos en un futuro como lo hubo por los legistas judíos por haberse llevado las llaves de las que disponían. Ver a Dios, como dice el Apóstol, es signo de haber conocido a Dios, o mejor, de que él nos ha conocido[23]. Y esto es cierto por cuanto en el Ser absoluto, conocer y ser conocido es un solo y mismo acto del conocimiento, el resultado de una misma ciencia: Ia ciencia de Dios.



[1] gr. frónimos. Ver: prudentes (Mt 10,16)
[2] Cf. Mt 231,13; Lc 11,52; P.Oxyr. 655,2b
[3] Rm 16,25. Según la revelación del misterio mantenido en silencio.
[4] Esto ocurría, por ejemplo, en tiempos de Jesús, con el Misterio del nacimiento en espíritu, o regeneración, del que Nicodemo, maestro en Israel, no tenía noticia alguna, según observa Jesús. (ver: Jn 3,33-10)
[5]  Cf. Lc 1,77. En esta obra del Señor, correspondió a Juan el Bautista, según se apunta en el Benedictus, preparar sus caminos. (ver: 1,76).
[6] Mt 13,11; Lc 8,10
[7] Mt 16,16
[8] Cf. Mt 12,39-40. Como similitud al Hijo del hombre, estuvo Jonás enclaustrado y luego salió (resucitó). El hecho esencial para que tal cosa ocurra es que el Hijo del hombre (oculto) debe ser descubierto, como lo hizo Pedro.
[9] Ver Gn 9,4: Sólo dejaréis de comer la carne con su alma (nefes), es decir, con su sangre. En el lenguaje testamentario. Decir sangre, es en muchas ocasiones, igual a decir alma (nefes).
[10] Mt 11, 27
[11] Jn 3,8
[12] Cf. Mt 21, 42 (Sal 118, 22-23)
[13] Con su acto heteronímico hacía uso Jesús de la tradición semítica de la que se sirve la escritura para cambiar el nombre de Abram en Abraham y el de Jacob en Israel. Abram, tiene por designación divina, y tal como más tarde ocurriría con David, la promesa de uno que saldrá de sus entrañas (Gn 15,4), y que lo convierte en padre de muchedumbre: Abraham (Gn 17, 5). En cuanto a Jacob, fue designado Israel por el ángel de Yahvéh, porque lucho con Dios y fue más fuerte (Gn 32,29).
[14] Tumba, o sepulcro blanqueado, tiene aquí el mismo sentido, a la inversa de aquellos muertos por fuera que menciona Jesús en Mt 23, 27.
[15] El Hades (gr.) o el seol (heb.).
[16] Cf. Gn 28, 12
[17] Mt 16,16. El fruto de las enseñanzas de Abram (G 15,4) es, como el fruto del seno de David (Sal 132,11), el nacido de lo alto, el pequeño en el Reino de Dios (Cf. Lc 7,28), el cual no es nacido de mujer, sino fruto de varón, porque no viene de Psiquis, la esposa, sino del pneuma (Eros), el esposo.
[18] Mt 10,16; Log 39
[19] Gn 3,22
[20] 1Cor 2,11
[21] Cf. Ex 3,14. Los traductores de los Setente tradujeron sabiamente: Yo soy el existente, el único verdaderamente existente, la única realidad verdadera. Este mismo sentido tiene el Yo soy, tan repetido por Jesús en el evangelio joánico.
[Nota del editor: compárese esta expresión con los grandes aforismo o Mahavakhyas de la Tradición Vedanta: (1) Prajñanam Brahman: La Conciencia es Brahman; (2) Aham Brahmasmi: Yo soy Brahman; (3) Tat tvam asi: Tu eres Eso; (4) Ayam Atma Brahma: Este Sí-mismo es Brahman.]
[22] Cf. Mateo 5,8
[23] Cf. Ga 4,9