martes, 27 de diciembre de 2016

CREACIÓN Y EVOLUCIONISMO




LAS INTERPRETACIONES TRADICIONALES
DE LA CREACIÓN

Avinash Chandra

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sanatanadharmatradicional



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Extracto del capítulo III del libro titulado "El científico y el santo" de Avinash Chandra. Publicado en J.J. Olañeta 2015. El autor, tras demostrar ampliamente la falsedad de la teoría de la evolución de las especies, la abundancia de pruebas científicas que la contradicen, y su persistente e insidiosa perpetuación por razones de carácter puramente ideológico, pasa a exponer brevemente en el fragmento que extraemos los planteamientos tradicionales sobre la Creación en distintas culturas y tradiciones. 

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Los evolucionistas reprochan con frecuencia a sus críticos denunciar las incongruencias del darwinismo sin proponer ninguna teoría científica alternativa. A esta objeción Rémy Chauvin (cuya posición consiste en suspender el juicio y confesar su ignorancia) responde que esto equivale a mantener a una persona con una buena coartada en la cárcel ¡con el pretexto de que antes de liberarle hay que encontrar al verdadero culpable! Mae-Wan Ho y Peter Saunders añaden que,

Lo más importante que hay que subrayar sobre la alternativa que se presenta es que no se trata de una nueva teoría, como querría hacer creer el neodarwinismo, sino de un paradigma. Es una forma de enfocar los problemas más que una solución.

La visión alternativa es la que siempre ha mantenido la humanidad, lo que algunos han llamado la philosophia perennis, por el hecho de haber sido defendida en todo tiempo y lugar. Cualquier hipótesis científica debería estar integrada en un paradigma que no sea incompatible con la visión que siempre han tenido los más eminentes pensadores de la humanidad - mientras que los paradigmas en vigor están fuertemente influidos por la visión europea post-cristiana de los siglos xvm y XlX-. Una visión que admite varios niveles de existencia, y donde todo lo existente no se reduce arbitrariamente al mundo físico. Negar esta visión como «metafísica» supone asumir, quizá sin saberlo, la metafísica implícita en el materialismo. Hablando sobre esta batalla metafísica que tiene lugar, Seyyed Hossein Nasr escribe:

Esa defensa de la evolución implica una batalla no por la verdad científica sino por la «fe», porque proporciona la única manera posible de ocultar la penetración de las realidades arquetípicas, de las que las especies son reflejos terrenales en el plano físico, y el único medio de ofrecer algún tipo de explicación aparentemente aceptable que permita al hombre vivir en este mundo entre la increíble variedad de las formas de la naturaleza pero en el olvido del Uno transcendente que es la fuente de esta variedad. [ ... ] Metafísicamente, la vida viene antes de la materia, el mundo sutil antes de la vida, el Espíritu antes del mundo sutil, y la Realidad Suprema antes de todo lo demás; un «antes» que significa «en principio», cualquiera que pueda haber sido el orden cronológico de la aparición de la materia, la vida y la consciencia en el escenario de la existencia cósmica. La intuición intelectual, que permite al hombre conocer la scientia sacra, proporciona esta absoluta certeza de la primacía de la consciencia sobre la vida y la materia.

Veamos ahora cómo esta «ciencia sagrada», la filosofía profunda o visión que ha constituido el corazón de todas las religiones, interpreta estos hechos. Ti tus Burckhardt explica cómo la filosofía platónica daba mejor cuenta de la realidad que las concepciones «horizontales»:

El hilomorfismo clásico [ ... ] distingue la «forma», el «sello» de la unidad esencial de una cosa o un ser, de la «materia» que, en cuanto substancia plástica, recibe esta marca confiriéndole una determinada existencia. Ninguna teoría moderna ha podido sustituir a esta antigua doctrina, ya que la realidad y toda su riqueza no se explican reduciéndolas a una u otra de sus «dimensiones». [ ... ] No se quiere ni se puede comprender que el surgimiento espontáneo de las especies presupone un proceso vertical respecto al plano físico, el «descendimiento» de prototipos no físicos. En resumidas cuentas, el evolucionismo y todas sus contradicciones intrínsecas resultan de la incapacidad - propia de la ciencia moderna- de concebir «dimensiones » de la realidad que no sean encadenamientos puramente físicos.


Ananda Coomaraswamy establece un paralelismo entre la concepción platónica y la india:

«El Autoexistente perforó hacia afuera los ojos, por eso las criaturas ven» (Katha Upanishad IV.I ); lo que quiere decir que los ojos han «evolucionado» porque la vida inmanente deseaba ver, y de forma análoga con las otras facultades sensoriales, con el pensamiento y con la acción[ ... ]. A causa de este deseo o «voluntad de expresión» hay un «descenso a la materia» u «origen de la vida», universal y localmente. [ ... ] Cuando y siempre que esas causas [mediatas] convergen para preparar el medio o contexto temporal y espacial sin el que una posibilidad dada no puede ser realizada, la forma correspondiente emerge o aparece: un mamífero, por ejemplo, no podía haber aparecido en el Silúrico, mientras que no podía no aparecer cuando por la acción de causas naturales la Tierra, más tarde, estuviera preparada para la vida de los mamíferos.



La gran cadena de los seres

La evolución darwinista de los seres es una versión secularizada prescindiendo de la dimensión vertical- de la doctrina metafísica de la gradación, o la «gran cadena de los seres», una cadena que va del Uno a todos los seres, pasando por hipóstasis intermedias, y que une a todos los seres entre sí y con su Origen. En Oriente esta es una idea básica de la concepción del mundo, pero Arthur O. Lovejoy expone que esta idea estaba también muy presente en la antigua sabiduría occidental:

Alberto Magno había ya escrito en su De animalibus (Lib. II) que «la naturaleza no hace clases [de animales] separadas sin hacer algo intermedio entre ellas; porque la naturaleza no pasa de extremo a extremo nisi per medium». Tomás de Aquino hace igualmente hincapié sobre el «maravilloso encadenamiento entre los seres (connexio rerum)» que la naturaleza «nos revela a la vista. El miembro más bajo del género superior se encuentra siempre muy próximo al miembro más alto del género inferior.

Según Nicolás de Cusa:

Todas las cosas, por diferentes que sean, están unidas. Hay en los géneros de las cosas una conexión entre la más alta y la más baja, de manera que se encuentran en un punto común. Existe un orden tal entre las especies que la especie superior de un género coincide con la inferior del género siguiente, de manera que el universo pueda ser uno, perfecto y continuo.

Moisés de León:

Todo está unido con todo hasta el anillo inferior de la cadena, y la verdadera esencia de Dios está tanto por encima como por debajo, tanto en los cielos como en la tierra, y nada existe fuera de Él.

Muchos siglos más tarde, Leibniz retomó esta idea:

Así, los hombres están unidos a los animales, estos a las plantas y estas a los fósiles, los cuales a su vez se funden con aquellos cuerpos que nuestros sentidos y nuestra imaginación se representan como absolutamente inanimados. Y, ya que la ley de la continuidad requiere que cuando los atributos esenciales de un ser se aproximan a los de otro todas las propiedades de aquel deben igualmente aproximarse gradualmente a las del otro, es necesario que todos los órdenes de los seres naturales formen una única cadena, en la que las diversas clases, como otros tantos eslabones, estén tan íntimamente ligadas entre sí que es imposible para los sentidos de la imaginación determinar el punto preciso en que acaba una y comienza la siguiente, ya que todas las especies que, por decirlo así, se encuentran cerca de la frontera o en ella son equívocas, y están dotadas de caracteres que podrían ser igualmente asignados a alguna de las especies vecinas.

En la literatura clásica de la India se usa a menudo la expresión «desde Brahma [el dios creador, primera limitación del Absoluto] hasta una brizna de hierba» para mostrar la unidad de todo cuanto existe, animado o inanimado. Vista desde esta perspectiva, la teoría de la evolución parecería, más que una falsedad, una verdad parcial, pues es -por decirlo de alguna manera- la proyección horizontal, en dos dimensiones, de un proceso que tiene lugar en tres. Es, pues, más falsa por lo que omite que por lo que dice. Para Martín Lings:

El ascenso gradual sin retomo concebido por el evolucionismo es una idea que ha sido tomada de forma furtiva de la religión y transpuesta ingenuamente del reino supra-temporal al temporal.  

En la visión espiritual tradicional, el Principio divino da origen al mundo celestial (el reino de los arquetipos), este al mundo mental y este, a su vez, al físico. Esta concepción, aunque indemostrable «científicamente » - igual que la materialista-, explica sin embargo muchas cosas que permanecen inexplicables según el paradigma fisicalista. Por ejemplo, la existencia de la consciencia y el hecho de que las cosas tengan cualidades. Los objetos físicos no son únicamente «físicos», de la misma manera que el hombre no es solo su cuerpo físico.

Según Frithjof Schuon:

El evolucionismo transformista es el ejemplo clásico de esta idea preconcebida de inventar causas «horizontales» porque no se quiere admitir una dimensión «vertical»: se intenta arrancar al plano físico una causa que este no puede proporcionar y que se sitúa necesariamente por encima de la materia. [ ... ] No pedimos a los físicos que se contenten con un creacionismo antropomórfico e ingenuo; pero sería cuando menos lógico por su parte -puesto que aspiran a una ciencia total y sin fallos- que se esforzaran en comprender las doctrinas ontocosmológicas tradicionales, y en especial la doctrina hindú de las «envolturas» (kosha) del Sí mismo (Atma), doctrina que, precisamente, presenta el universo como un sistema de círculos que van del Centro-Principio hasta ese extremo límite que es para Evolución, creación, manifestación ;nosotros la materia. Pues la ciencia humana no deriva únicamente de la necesidad de saber y registrar, sino que tiene como origen, más profundamente, la sed de lo esencial; ahora bien, el sentido de la esencialidad nos atrae hacia orillas distintas a las del plano limitado que solo contiene los fenómenos físicos.

¿Acaso sería concebible una empresa comercial - algo muchísimo menos complejo- sin unas jerarquías, sin que un nivel superior controlase y coordinase a los niveles inferiores? De la misma manera, el cuerpo físico, cuyos billones de componentes funcionan de manera asombrosamente coordinada y armónica, necesita la organización y control de algún otro principio, un principio que no puede encontrarse en el mismo plano, y esto en varios niveles jerárquicos. Esto es lo que postula el pensamiento indio cuando establece que tras el cuerpo físico (hecho de anna, alimento) hay una «envoltura» (kosha) hecha de energía vital (prana), una envoltura mental, una de conocimiento y, finalmente, una envoltura causal (que contiene la «semilla o causa» de todos los demás). La envoltura de prana es así el intermediario entre la mente y el cuerpo físico, y la que se encarga de vitalizar, dar forma y organizar a este último. Fisiologías sutiles similares existen también en otras tradiciones. Esta visión no contiene la enorme e infranqueable dualidad espíritu- materia, Dios-mundo material, natural-sobrenatural. Propone una serie de niveles jerárquicos, desde el material hasta el Espíritu o Consciencia pura o «Dios» (por usar su nombre más común en Occidente). En vez de comparar a Dios con un rey que gobierna el universo desde fuera mediante acciones directas u órdenes, hagámoslo con una luz que se extiende a través de varias capas con refracciones distintas hasta iluminar finalmente la parte más baja. Así, la «luz» que llega al mundo material no procede directamente de la fuente, sino, más o menos distorsionada y debilitada, de la capa inmediatamente superior. La Divinidad no actúa directamente, interviniendo en el universo mediante milagros o cambios de rumbo, sino que es como la «electricidad» que permite que todo funcione.


Evolución, creación, emanación, manifestación

Tanto los evolucionistas como los creacionistas plantean a menudo la alternativa «evolución o creación» como la única posible. En un mundo que ha perdido de vista la visión tradicional de los múltiples planos de existencia, y que ha olvidado la consciencia del «ser para concentrarse exclusivamente en el «devenir», la mayoría de los científicos prefiere la teoría de la evolución, que les ofrece un proceso causal plausible y claro, a la creación bíblica, cuya única base parece ser la fe. Roberto Fondi considera, sin embargo, que la verdadera alternativa no radica en evolucionismo o creacionismo, sino en evolucionismo u organicismo - la concepción opuesta al mecanicismo, que considera primordial el todo-.

Desde un punto de vista estrictamente científico, el dilema «¿evolución o creación?» es paralizante y superfluo, porque acaba inevitablemente en un círculo vicioso o en un callejón sin salida. Esto es así porque el primer término de la alternativa puede ser sometido, al menos hasta un cierto punto, al método científico, pero no el segundo. [ ... ] La ciencia no es en absoluto incompatible con esta concepción [creacionista], pero tampoco tiene necesidad de ella y, de hecho, no puede siquiera tomarla en consideración. [ ... ]A pesar de esto - y estoy tentado de decir que la cosa es bastante paradójica-, son a menudo los mismos científicos quienes avalan el dilema evolucionismo-creacionismo en vez de rechazarlo. Y lo hacen con el objetivo no totalmente inocente de sugerir que no tienen otra elección. «En tanto que científicos, precisamente, debemos ser evolucionistas »: esto es lo que substancialmente dicen.

Efectivamente, desde el punto de vista estrictamente científico la hipótesis creacionista no es verificable -como tampoco recusable-. El creacionismo de las religiones abrahámicas propone una barrera infranqueable entre Dios y su creación, una falta de continuidad que la ciencia no puede saltar. El emanacionismo, por el contrario, al enfatizar la continuidad entre la Divinidad y el universo que esta «emite» o «irradia)), permite concebir un todo --en esto se basa el organicismo- en el que el «Uno» y el universo físico de la multiplicidad son los polos extremos, permitiendo así, al menos en teoría y hasta cierto punto, «remontan la corriente desde abajo. En las tradiciones religiosas hay dos concepciones principales sobre el origen del mundo y las criaturas. La más conocida en Occidente -a menudo la única conocida- es la del relato bíblico del Génesis, que el cristianismo comparte con el judaísmo y en gran medida con el islam. Sin embargo, en varias tradiciones orientales, como el hinduismo o el taoísmo, el mundo no es resultado de la creación de una Divinidad exterior, sino la «emanación» a partir de un Principio divino, la «manifestación » de lo que era basta entonces inmanifestado. Esta era también la concepción de Platón y Plotino. Richard Tarnas explica así la emanación tal como la enseñaba Plotino:

El cosmos neoplatónico es el resultado de una emanación divina de lo Uno supremo, cuyo ser es infinito y está más allá de toda descripción o categoría. Lo Uno, al que se llama también el Bien, produce, en un desbordamiento de extrema perfección, lo «otro» --el cosmos creado en toda su variedad- en una serie jerárquica de gradaciones que se alejan de este centro ontológico hacia los límites extremos de lo posible. Este primer acto creador es la emanación, a partir de lo Uno, del Intelecto divino o Nous, la sabiduría omnipresente del universo que contiene las Formas o Ideas arquetípicas que son la causa del orden del mundo. Del Nous surge el Alma del Mundo, que contiene y anima el mundo, origina las almas de todos los seres vivos y constituye la realidad intermedia entre el Intelecto espiritual y el mundo de la materia. La emanación de la divinidad a partir de lo Uno es un proceso ontológico que Plotino compara con la luz que se aleja gradualmente de una vela hasta que termina desapareciendo en la oscuridad. Las diversas gradaciones, sin embargo, no son dominios separados en sentido temporal o espacial, sino niveles distintos de una presencia intemporal en todas las cosas. Las tres «hipóstasis» -lo Uno, el Intelecto y el Alma- no son literalmente entes, sino más bien disposiciones espirituales, de la misma manera que las Ideas no son objetos distintos, sino diferentes maneras de ser de la Inteligencia divina.

Coomaraswamy explica cómo esta emanación no tiene lugar en el tiempo, sino en el eterno ahora:

En toda doctrina tradicional, la eternidad no es algo que dura para siempre, sino un «siempre-Ahora», y [ ... ] la gradación implica la creación de todas las cosas no meramente en un «principio» sino en este Ahora de la Eternidad, de manera que, como dice Filón, «se refuta la idea de que el universo vino al ser "en seis días"», y aunque «debemos pensar que Dios hace todas las cosas de una vez», «una secuencia estaba necesariamente inscrita en la narración, debido a la generación subsecuente de una cosa a partir de otra», subsecuencia que corresponde a lo que ahora llamamos «evolución».

Es evidente que los siete «días» de la Creación a los que se refiere el Génesis no son días normales, pues la separación del día y la noche no se produce hasta el cuarto «día». La tradición exegética judía interpretaba estos textos de forma muy distinta a la literal. Según Filón de Alejandría:

En el principio Dios creó el cielo y la tierra, pero el «principio» no es, como muchos creen, un comienzo en el tiempo, puesto que no existía el tiempo antes de que se creara el mundo, sino que empezó a exjstir junto con el cosmos, o después de él.

Para Abraham Joshua Heschel:

La Creación, nos dicen, no es un acto que sucediera en un momento del tiempo, una vez y para siempre. El acto de traer el mundo a la existencia es un proceso continuo. Dios llamó al mundo al ser, y esa llamada continúa. Este momento presente existe porque Dios está presente. Todo instante es un acto de creación. Un momento no es una terminal sino un destello, un signo de Principio. El tiempo es innovación perpetua, sinónimo de creación continua.

Para el Maestro Eckhart, la Creación no es algo que sucediera en el pasado: «Dios hace el mundo y todas las cosas en este ahora presente». Aunque la mentalidad occidental generalmente piensa que solo una forma de presentar los hechos puede ser verdadera, la mentalidad oriental acepta diferentes explicaciones -incluso a menudo se incomoda cuando solo se ofrece una-, a las que no ve como opuestas sino más bien como complementarias. Según el lugar desde el que se señale, el dedo apuntará en direcciones aparentemente distintas. Lord Northbourne lo explica de forma sencilla:

No todas las religiones conciben el origen del universo en términos de una «creación» divina corno lo hacen el judaísmo, el cristianismo y el islam. Ni siquiera todas son teístas, pues el budismo no lo es. El misterio que subyace a la existencia puede ser simbolizado de muchas maneras diferentes, sin necesidad de que estas coincidan exteriormente, de la misma manera que distintas proyecciones bidimensionales de un objeto sólido pueden diferir según el punto de vista, sin ser intrínsecamente falsas.

Frithjof Schuon comenta: «En realidad, la hipótesis evolucionista es innecesaria porque el concepto creacionista lo es igualmente, ya que las criaturas aparecen en la Tierra no cayendo del cielo, sino pasando progresivamente - a partir del arquetipo- de lo sutil al mundo material ». Según el Zohar: «Dios hizo este mundo (terrestre) a imagen del mundo de arriba; así, todo lo que se encuentra arriba tiene su analogía abajo [ ... ] y todo constituye una unidad». Titus Burckhardt explica así cómo «creación» y «emanación» no son incompatibles:

No hay duda, empero, de que existe una diferencia entre la representación bíblica de la creación y la doctrina plotiniana de la emanación de la existencia a partir del Uno; diferencia fácilmente superable, no obstante, si se miran con perspectiva ambas terminologías y se hace justicia al sentido metafórico; ¿qué puede significar, en efecto, la afirmación bíblica de que Dios ha creado el mundo «de la nada» (ex nihilo) sino que Dios no ha dado al mundo una forma que no procede de ninguna materia sino de Él mismo? Pero si el mundo no tiene otra realidad que la que le viene de Dios, en este sentido no es sino su reflejo o su emanación. Mientras que la metáfora del acto de la creación evoca la representación de una actividad divina, el símbolo de la emanación es estático; recuerda a una luz cuya naturaleza es iluminar, y que necesariamente ilumina, puesto que es. En este sentido, los cosmólogos griegos y los filósofos posteriores concibieron el cosmos como expresión necesaria del ser divino y, por lo tanto, como duración perpetua. A su entender, el cosmos, en tanto que totalidad, no tiene ni principio ni fin temporales, mientras que, según la Biblia, el universo empezó en el mismo momento en que Dios lo creó. La aparente contradicción entre ambas concepciones se resuelve, sin embargo, cuando se considera que el tiempo, como expresión del cambio y del tránsito, no puede ser anterior a la creación. El tiempo fue creado con el mundo; por eso el principio del mundo no puede ser de naturaleza temporal, aunque, a primera vista, solo se le puede representar en una dimensión temporal mediante una imagen visual que representa la intervención de Dios como acción real.

Osman Bakar expresa la misma idea:

De hecho, la concepción metafísica de la emanación creativa explica el significado real de ex nihilo. Ambas ideas están concebidas para satisfacer las diferentes necesidades de causalidad entre los distintos tipos de «mentalidad» que se encuentran en una comunidad religiosa. Dentro de la visión religiosa del mundo, la idea de emanación creativa resultó ser más atractiva o satisfactoria para las personas de mentalidad científica o filosófica que la idea de creación ex nihilo en su sentido teológico. Ese fue indudablemente el caso en la civilización islámica. En esta civilización, muchos filósofos-científicos, aparte de los sufíes, adoptaron la emanación como la base filosófica para explicar el origen del universo y el surgimiento de diferentes formas cualitativas de vida. [ ... ]Ambas ideas son ciertas a diferentes niveles.

Que esta concepción también estuvo presente en el mundo cristiano lo prueba la existencia de corrientes platónicas y neoplatónicas dentro del cristianismo. Dionisio Areopagita tenía un concepto de la creación similar al de Plotino:

Dionisio imaginaba la creación como una erupción extática, casi erótica, de la bondad divina, cuando Dios, por decirlo así, había «salido fuera de sí en el cuidado amoroso que tiene por todo». La creación no era algo que había sucedido una vez en el pasado remoto, sino un mythos, un proceso continuo, intemporal, en el que, paradójicamente, Dios era eternamente «seducido para abandonar su morada y llegar a habitar en todas las cosas», y, sin embargo, tenia «capacidad de permanecer, no obstante, en sí mismo».

Nasr explica así la compatibilidad de las dos doctrinas: «ex nihilo no significa literalmente a partir de nada, sino más bien a partir de "posibilidades" en el orden de los principios, las cuales, citando a Ibn Arabí, todavía no han "olido el perfume de la existencia"». Los místicos judíos tenían concepciones similares:

Los místicos hablan también de creación a partir de la nada; de hecho, es una de sus fórmulas favoritas . Pero, en su caso, la ortodoxia del término oculta un significado que difiere considerablemente del original. Esta Nada a partir de la cual todas las cosas han surgido no es en absoluto una negación; simplemente, no presenta atributos para nosotros, al estar más allá del alcance del conocimiento intelectual. Sin embargo, en realidad esta Nada [ ... ] es infinitamente más real que toda otra realidad. [ ... ]De hecho, creación a partir de la nada significa para muchos místicos creación a partir de Dios.

Para Jacob Boehme: «Dios creó el mundo a partir de nada porque Él mismo mora en nada; esto es, Él mora en Sí Mismo ». En el Génesis lo primero que crea Dios es la luz, es decir, la inteligibilidad. En la filosofía Samkhya de la India, la buddhi, el intelecto, es el primer principio que aparece en la manifestación a partir de prakriti. . Según el Evangelio de Juan, el universo es creado por Dios mediante el logos divino: «Todas las cosas fueron hechas por El [el Verbo la Palabra], y sin Él no se hizo nada de cuanto existe». Según el Corán, la Creación también tiene lugar por la «Palabra» divina: «Suyo [de Allah] es el origen de los cielos y la tierra. Cuando ordena una cosa le dice: "¡Sé! ", y ella es». Esta es una concepción prácticamente universal:

En casi todos los casos podemos encontrar la leyenda de un Padre-Dios original, cuyo primer Pensamiento o Palabra, simbolizado por una Diosa-Madre, se dice que dio nacimiento a toda la creación. [ ... ] El Absoluto inmanifestado se describe como masculino, y su imagen-Poder proyectada, coexistente con El, se consideraba femenina. Él es el Padre-Dios, la Mente una, la Fuente suprema Y Controlador; pero Ella, su pensamiento proyectado, es la Creadora, la Madre-Poder de la que surge toda la creación. [ ... ] La razón de la similitud de conceptos entre las diversas culturas primitivas es que la realidad, a la que los símbolos pictóricos intentan representar, es la realidad común y universal experimentada en la visión mística, una realidad que es la misma para todos aquellos que la «ven».

En el antiguo Egipto, Ra dice de sí mismo: «Soy el Eterno, soy Ra [...], soy el que ha creado el Verbo [...,] soy el Verbo». J. A. West explica: «Las "palabras" de Ra, reveladas por Thoth, se transforman en las cosas y criaturas de este mundo ».  De manera similar, la Cábala judía también apunta a una creación mediante la Palabra. Según el Sefer Yetzirah («Libro de la creación»): «Dios creó el mundo mediante treinta y dos modalidades de maravilla y sabiduría».212 Estas treinta y dos maneras son las veintidós letras del alfabeto hebreo y los diez números. La creación divina se efectúa mediante diez sefiroth o emanaciones de Ein Sof, el Infinito, que configuran los distintos mundos jerárquicos. Para los Bambara, en África occidental:

El corazón de la enseñanza esotérica consiste en los misterios alrededor de la Palabra. Todo el universo es generado por las vibraciones primigenias (y que todavía continúan) que constituyen la Palabra. A partir de esta energía primordial se forman la energía, la materia, y finalmente la forma. 213 En algunas versiones indias del origen del universo, viik, «la Palabra », es la que crea los mundos. Vak, ocasionalmente personificada como diosa, es el principio de inteligibilidad y hace de puente entre el Absoluto y la creación manifestada. El lenguaje y el pensamiento humano se manifiestan siguiendo un proceso de cuatro niveles de existencia. Estos cuatro niveles, trasladados a nivel macrocósmico, constituyen el proceso de la manifestación universal. Vak («la Palabra», la shakti o energía de la Divinidad) crea los mundos mediante un proceso en cuatro etapas, de la más sutil a la más tosca, desde la Unidad primordial a la multiplicidad. Veamos cómo se suceden estos niveles:

El primero, para, es el nivel transcendental más allá de toda creación, y los tres siguientes son los tres estadios naturales de la creación. [ ... ]Para [«la transcendente»], que es la Suprema Consciencia, es independiente; es el Absoluto. Es la fuente de la creación, pero está más allá de la creación. Es completamente lógico que la fuente de la cual surge el mundo sea ella misma independiente del mundo. [ ... ] Sin para como su realidad subyacente, [los estadios siguientes] se volverían no iluminados, y por consiguiente no existentes. [ ... ] Para es pues el nivel de pura unidad en la cual no hay ninguna diferencia. [ ... ] El estado pasyanti se compara con el crecimiento de una semilla, que es el primer paso en la creación de un árbol. [ ... ] En el estado de pasyanti el mundo se encuentra en estado potencial, ya que este es simplemente el estado de desear crear, y no de crear realmente el mundo. Madhyama es el segundo paso en el proceso de la creación. [ ... ] Aquí, el mundo que será es ya una idea clara. Ya no está bajo la forma de deseo de crear, pero sigue siendo una idea y aún no se ha convertido en realidad fisica concreta. [ ... ] Pasyanti es el principio de la diferencia, mientras que madhyama es la consciencia completa de la diferencia, si bien dentro de la unidad de uno mismo. Vaikhari es la manifestación más tosca de vak-sakti. En este estado el mundo está completamente realizado; ya no es una «ideación» Evolución, creación, manifestación como en el estado madhyama, sino que se convierte en realidad extema substancial. [ ... ] Hasta el nivel madhyama, el mundo permanece como una forma de pensamiento; es solo en el nivel vaikhari cuando el mundo se transforma en sonido articulado.

Mediante la correspondencia microcosmos-macrocosmos, la creación del universo es comparable a la creación humana:

Los cuatro niveles jerárquicos de vak-sakti pueden ser comparados a los distintos estadios procreativos de una madre. Cuando la madre todavía no ha concebido y es aún virgen, es como el estado para. Cuando concibe (el estadio de fertilización), es como pasyanti. Cuando el feto alcanza una forma completa pero está todavía en la matriz, es como madhyama. Finalmente, cuando la madre da a luz al niño [...] es como vaikhari. La Madre cósmica concibe el mundo bajo la forma de deseo [...] (pasyanti); desarrolla la concepción en un feto completo dentro de la matriz de la Consciencia bajo la forma de ideación [...] (madhyama); y finalmente da nacimiento al mundo concreto [...] (vaikhari).

Sin embargo, y a diferencia de una madre terrenal, la Diosa no es afectada ni alterada en lo más mínimo por la creación: permanece siempre virgen. En Occidente había concepciones muy similares. Siguiendo a Philip Sherrard, Nasr explica:

Esta creación dentro de la Divinidad tiene, de hecho, tres fases, y no ocurre «de una sola vez». Primero, Dios se revela a sí mismo, haciéndose consciente de las posibilidades latentes de su propio Ser. Segundo, este contenido sin forma de la Inteligencia divina o Logas divino es diferenciado en formas individuales, pero aún en un estado inmaterial. Esas son las energías espirituales increadas, las Ideas divinas, o los lógoi de los escritores clásicos cristianos como san Máximo [ .. .]. Son las imágenes-arquetipos, mediadoras entre el mundo de puras realidades informales e inteligibles y el mundo visible. Tercero, la manifestación de esas imágenes-arquetipos en los seres concretos del mundo tiene lugar. Cada existente es pues la forma visible de un Nombre divino.

Tomás de Aquino decía que los seres creados son precedidos por «ideas en la mente divina», así como «la imagen de una casa preexiste en la mente del constructor». Un proceso similar al del arte, que Ananda Coomaraswamy define así: «El arte puede ser definido como la impronta en un material de una forma preconcebida».217 Cualquier transcripción en palabras, en conceptos humanos, del proceso de la Creación o la Manifestación será necesariamente falsa y aproximativa. Por eso todas las versiones se sirven del simbolismo, mediante el cual se pueden usar descripciones o imágenes de la dimensión física de la realidad para trasladarlas analógicamente a otra más elevada. Según el conocido dicho hermético: «Como es arriba, así es abajo; como es abajo, así es arriba». Mediante esta correspondencia entre los varios niveles de la realidad, y entre el microcosmos (el hombre) y el macrocosmos (el universo), podemos intuir cómo son las cosas en los niveles superiores. Si la Divinidad, la Inteligencia Suprema, está en el origen del universo, ¿cómo se explica entonces que los seres inteligentes fueran los últimos en aparecer? Al producirse la manifestación, la Realidad Suprema se «refleja» en las formas, pero este reflejo da una imagen invertida. Se ha dicho que la cronología de la creación en la Biblia es correcta; en el Génesis, el hombre es la última criatura en ser creada. Para Huston Smith:

Desde esta perspectiva, la tierra refleja los cielos y el microcosmos reproduce al macrocosmos. Pero [ ...] ese reflejo invierte las imágenes y, en consecuencia, lo que se presenta en primer lugar en el orden ontológico aparece en el último en el orden temporal. La tradición no niega que lo superior aparezca después que lo inferior, sino tan solo que sea producido por ello.

Swami Vivekananda, confrontado con la idea de la evolución, dijo que debía completarse con la de «involución», esto es, con la «involucración » de Dios en el cosmos (según la Bhagavad Gita: «Todos los mundos están enhebrados en Mí como perlas ensartadas en un hilo»). Vivekananda explicaba así por qué la inteligencia está en el origen de todo:

El evolucionista te dirá que la idea de que fue Dios es equivocada. ¿Por qué? Porque, mira, Dios es inteligente, pero vemos que la inteligencia se desarrolla mucho más tarde en el curso de la evolución. Encontramos inteligencia en el hombre y los animales superiores, pero millones de años pasaron en el mundo antes de que apareciera esta inteligencia. Esta objeción de los evolucionistas no se sostiene [ ...]. El árbol surge de la semilla y vuelve a la semilla; el principio y el final son el mismo. La tierra surge de su causa y regresa a ella. Sabemos que si podemos encontrar el principio podemos también encontrar e) final. Inversamente, si encontramos el, final podremos encontrar el principio. Si esto es así, tomemos esta sucesión evolutiva, desde el protoplasma en un lado hasta el hombre perfecto en el otro, y esta sucesión completa puede ser considerada una vida. Al final encontraremos al hombre perfecto, de manera que al principio debería ser lo mismo. Así pues, el protoplasma es la involución de la más alta inteligencia. Quizá no se vea, pero esta inteligencia involucionada es la que se está desenroscando hasta que se manifiesta en el hombre más perfecto. [ ... ] ¿Qué es esa inteligencia? Si no estaba presente en el protoplasma debe haber llegado de pronto, algo surgiendo de la nada, Lo cual es absurdo.

En la cosmología de la India, la Divinidad infinita (Brahman) crea y reabsorbe continuamente innumerables universos, que son potencialidades que se manifiestan. El Eterno “inspira” y “expira” los universos. Dios es tanto el creador (mitológicamente: Brahma) como el sustentador (Vishnu) y el destructor y regenerador (Siva) del universo. Según la Bhagavad Gita: «Al llegar el día, lo manifestado surge de lo inmanifestado; cuando llega la noche [cósmica], se reabsorbe en lo que se llama lo Inmanifestado».

La creación [...] no tiene principio absoluto. Este universo presente no es sino uno de una serie de mundos pasados y de otros por venir. La energía cósmica alterna periodos de potencialidad con otros de expresión.

Los universos son incontables:

Ah, ¿quién contará los universos que ya han pasado, o las creaciones que han surgido una y otra vez del abismo sin forma de las vastas aguas? ¿Quién contará las pasajeras edades del mundo, sucediéndose una a otra sin final? ¿Y quién podrá buscar a través de las amplias infinitudes del espacio para contar los universos que coexisten? [ ... ] Más allá de la más extensa visión, llenando el espacio, los universos vienen y van, en multitud innumerable. Como frágiles barcos, flotan en las puras aguas sin fondo que forman el cuerpo de Vishnu. De cada poro de este cuerpo, un universo surge y desaparece [...]. Con cada pestañear del gran Vishnu desaparece un Brahma [el dios creador]. Todo lo que hay debajo de la esfera de Brahma es tan insubstancial como una nube formándose y disolviéndose de nuevo.

La idea teológica de «Creación» intenta preservar ante todo la transcendencia y libertad de Dios, concebido en forma personal, y hace abstracción de todos los niveles intermedios entre el principio divino y el universo físico. Contempla solo un universo durante un único ciclo. La idea de «manifestación» o «emanación» propone una concepción más metafísica e impersonal, que enfatiza la «proyección» y «realización » de las posibilidades inherentes en la infinitud de la Divinidad. Se resalta aquí la continuidad ontológica entre la Divinidad y las criaturas -si bien la Divinidad transciende infinitamente su manifestación- y se describen las fuerzas y mundos intermedios. Las tradiciones orientales (así como varias corrientes espirituales occidentales) explican, pues, el origen del universo mediante un proceso de manifestación de lo que estaba oculto, de un «descenso» progresivo de la potencialidad a la actualidad. Según el Tao te ching: «El Tao engendra al Uno, el uno engendra al dos, el dos engendra al tres; el tres engendra a los diez mil seres». En el hinduismo, la Mundaka Upanishad expresa de esta forma una idea familiar en la India: «Así como la araña segrega su hilo y lo recoge; así como las hierbas brotan sobre la tierra; así como el cabello y los pelos [brotan] en el hombre vivo; de la misma manera el universo surge del imperecedero».225 En forma más mitológica, en el Shatapatha Bráhmana: «En el principio, Prajapati [Dios como «Señor de las criaturas»] estaba solo. Deseó: "Quiero ser muchos, me multiplicaré"». Como explica el Srimad Bhagavatam: «La creación es solo la proyección en la forma de lo que ya existe”. Y Plotino: «El mundo sensible es un reflejo del mundo espiritual en el espejo de la materia».


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jueves, 8 de diciembre de 2016

TRINIDAD Y ADVAITA



Sobre la Trinidad y el Vedanta Advaita:

"El Padre y el Hijo"

Henri Lesaux (Abishiktananda)

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Extracto del Capítulo titulado “En el corazón de la Trinidad” contenido en el libro “Saccidananda: una aproximación cristiana a la experiencia advaita”, Edicions du Centurion, Paris, Delhi, 1990. (Traducción inédita al castellano: Roberto Mallón Fedriani)

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Si la experiencia cristiana de la Trinidad abre al hombre nuevas perspectivas de significado respecto a la intuición de Sat-Chit-Ananda, es igualmente cierto que los términos Sat, Chit y Ananda por su parte ayudan mucho al cristiano en su propia meditación sobre ese misterio central de su fe. Ningún lenguaje teológico único será nunca capaz de expresar todo lo que el Evangelio nos ha revelado respecto a Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cabe por tanto esperar que así como el judaísmo y el helenismo hicieron su contribución, así la divina preparación de India servirá por su parte para llevar a los creyentes a contemplar el misterio con una nueva profundidad. En particular, la intuición sobre Sat-Chit-Ananda será una ayuda para penetrar en el misterio del Espíritu, el cual, de acuerdo con el evangelio de San Juan tiene que ver principalmente con la presencia de Dios ante los hombres en sus corazones. Y si cualquiera llega al Evangelio con la experiencia personal del Vedanta, se puede decir con seguridad que las palabras evangélicas provocarán profundos ecos a partir de la intuición que ya había tenido anteriormente con Sat-Chit-Ananda. Esta experiencia previa causará maravillosas resonancias en su actual fe en la Santísima Trinidad. Esto es así porque todas las cosas son el trabajo del Espíritu Uno, quien se ha estado preparando para el despertar y la resurrección de este hombre desde que hace mucho tiempo se reveló primero al corazón de los rishis como Presencia Infinita.
No se trata aquí de una cuestión de teorización teológica o de comparaciones académicas entre los términos de la revelación Cristiana y aquellos con los que India ha expresado su propia experiencia mística única. Se trata más bien de una cuestión de despertar, una consciencia que está más allá y muy lejos del alcance del intelecto, una experiencia que brota y surge en las rincones más profundos del alma.

La experiencia de Sat-Chit-Ananda lleva al alma, más allá de todo simple conocimiento intelectual hacia su mismo centro, a la fuente de su ser. Solo allí es capaz de escuchar la Palabra que se revela en el interior de la unidad indivisa y no-dual (advaita) de Sat-Chit-Ananda, el misterio de las Tres Personas Divinas: en Sat, el Padre, el Principio absoluto y Fuente de todo ser; en Chit, el Hijo, el Verbo divino, el Conocimiento de Sí Mismo del Padre; en Ananda, el Espíritu de amor, Plenitud y Felicidad sin fin.

Entonces, en Sat el cristiano adorará especialmente el misterio de la Primera Persona, el Padre. De hecho el Padre es en Sí Mismo ‘principio No Originado’, la Fuente inmanifiesta de la que procede su auto-manifestación. Pero si se contempla solamente el Padre entonces la adoración debe permanecer por siempre en silencio, pues en sí mismo el Padre es Aquel que ‘nunca ha sido hablado’, que es esencialmente inmanifiesto, no conocido. Él es el Abismo del Silencio. Solo el Verbo (la Palabra) lo hace conocido, y es sólo en este Verbo, su Hijo, donde él está presente a Sí Mismo.

Es de Sat, el Simple-Ser, san-matra en términos vedánticos, de donde procede Chit. Chit es la presencia ante Sí Mismo, la consciencia de Sí Mismo, la apertura hacia Sí Mismo, de Sat. San Juan dice del Verbo que era “en el principio”. De Sat, el Padre, no se puede concebir ni decir nada a fin de situarlo en ningún lugar, sea en el tiempo o en la eternidad. El Padre es origen, fuente; absolutamente. El manantial no es la corriente de agua que fluye de él, y sin embargo el manantial solo se conoce por medio de la corriente que de él fluye. ¿Entonces qué es el manantial en sí mismo, la pura fuente? ¿Qué es el Ser –Sat- en Sí mismo? ¿Qué es el Padre?

Chit es el despertar a Sí Mismo del Ser, es la venida a la manifestación en Sí Mismo. No es meramente un aspecto o un modo de Brahman, el Absoluto. En términos cristianos es una verdadera procesión, un verdadero nacimiento, primero en la eternidad y ulteriormente en el tiempo. El Hijo es la Palabra (Verbo) consubstancial a través de quien el Padre se expresa a Sí Mismo en Sí Mismo. Y es en ese Verbo por medio del cual el Padre se expresa a sí mismo, en su propia autoconsciencia y presencia ante Sí Mismo en el Hijo, donde ‘todo lo que es ha llegado a ser’.

En el corazón de todo ser pensante, de toda consciencia que despierta a sí misma, la Presencia eterna brilla y se hace conocer –la Luz que ilumina toda consciencia que despierta en el mundo (Juan 1:9).
Los videntes de los tiempos antiguos tuvieron una intuición de esta pura auto-consciencia que está en la misma fuente de su ser y a su vez es el horizonte más elevado de su pensamiento; una intuición de aquello que sin duda escapa al alcance de los devas, esto es, al intelecto y la voluntad humana (Kena Up 3). Aquello que ellos reconocieron oscuramente (cp. 1 Cor. 13:12), lo descubre la fe cristiana en la mirada eterna del Hijo. Siendo en su sí mismo más interior la imagen de Dios, se reconoce a sí mismo en el reflejo perfecto de la gloria del Padre que el Hijo es.

No hay sino una Presencia –eso dicen los videntes, aquellos que han contemplado la Verdad. Es la presencia del Sí Mismo ante sí mismo; la que es idéntica allí donde se manifieste.

Para la fe cristiana no hay sino un Hijo, divina y eternamente engendrado. Jesús es el único Hijo del Padre, así como –en un nivel que es un signo del primero- él es también el único Hijo de Maria. En la contemplación de su Hijo, el Padre ve todas las cosas; amándole, ama todas las cosas. En el deleite que tiene en su Hijo, el Padre se deleita en todas las cosas., encontrándolas “buenas, muy buenas” (Génesis 1:10, 31). De modo similar todo “vidente” de Dios contempla al Padre únicamente a través de los ojos del Hijo; todo el que ama a Dios lo ama en el amor del Hijo; todo adorador glorifica al Padre a través de las alabanzas de su Hijo. Todo lo que no pasa por el Hijo, no es en realidad, sino que pertenece a la esfera de la ‘no-realidad’, a-sat, la esfera del caos sin significado.

En el mundo de los hombres hay incontables rostros que reflejan al Hijo. No obstante todos son uno, así como el Hijo es. Chit es esencialmente no dual, advaita. Esto puede resultar  desconcertante para nuestras mentes, pero no tenemos derecho a vaciar de significado las palabras de Cristo: cualquier cosa que uno haga –o deje de hacer- con cualquiera de los hermanos de Jesús, se hace –o se deja de hacer- a Jesús mismo (Mat. 25-35).  El apóstol Pablo, después de una experiencia que rasgó su corazón y transformó su vida, se convirtió en un testigo excepcionalmente cualificado y en un predicador incansable de esta verdad. En la eternidad está solamente el Hijo que el Padre contempla y con quien él está completamente satisfecho. Cada uno de los elegidos es la manifestación por medio de la gracia del eterno despertar del Padre a sí mismo en el Hijo.

Para el cristiano a quien el Espíritu le ha conducido a la verdadera consciencia de sí mismo, el Hijo es todo en todo (Col 3:11). La mirada del Padre descansa en la del Hijo en todas partes, y así mismo la del Hijo descansa en la del Padre; en todas partes hay solamente la manifestación de Dios a Sí mismo y en Sí mismo, en la bendita Trinidad de las Personas. De este modo, ningún hombre puede ser un extraño para otro. Así como el Padre despierta a Sí Mismo en mí, y en mí contempla a su único Hijo, así lo hace en todos mis hermanos, por más humildes o insignificantes que puedan parecer. No hay ningún hombre con el que no esté en comunión con la circumincesión misteriosa (circumincessio: movimiento de uno hacia el otro) y en la circuminsesión (circuminssesio: mutua ‘inhabitación’) que es característica de la vida una no dividida de la Santísima Trinidad.

El Ser solo llega a sí mismo en su autoconsciencia –Sat- a través de Chit; el Padre a través del Hijo. La consciencia de Sí Mismo solo se alcanza en el Ser mismo, Chit en Sat, el Hijo en el Padre. Solo el Padre conoce al Hijo, además de aquellos que vienen al Hijo atraídos por el Padre (Juan 6:44); ni nadie conoce al Padre excepto el Hijo y aquellos a quien él elige revelarse (Mat. 11:27). Pero es precisamente a fin de revelar al Padre (Juan 1:18) que el Hijo ha venido al mundo y ha morado entre nosotros (Juan 1:14), viviendo como un hombre entre los hombres, pleno de gracia y de verdad.

En la tierra de Israel la Palabra de Yahveh fue escuchada por los profetas, quienes la comunicaron fielmente a sus gentes. Por su parte, los académicos y sabios de Israel meditaron acerca del secreto de la sabiduría divina que ordena el Universo. De este modo fue como Dios preparó a sus pueblo elegido para la revelación suprema del Hijo que mora eternamente ‘en el seno de su Padre’; Aquel que es la Palabra a través de la cual Él creo el mundo, y la Sabiduría por medio de la cual lo dirige.

India fue preparada por el Espíritu de una manera incluso más interior, de modo que en la plenitud de los tiempos pudiese oír la misma Palabra. Él la condujo dentro de la profundidad del misterio del Ser, dentro de esa consciencia de sí mismo en la que el Ser despierta a sí mismo hasta el punto que todo pensamiento es aniquilado. Pero ese es el mismo lugar donde Aquel que mora en el seno del Padre -que es la presencia del Padre ante Sí Mismo y su propia Consciencia de Sí Mismo- la está esperando para que venga a reunirse con él.

El Silencio del Ser se expresa en la Palabra. Sin la Palabra ese Silencio permanecería por siempre sin romperse. ¿Pero cómo podría el Ser haberse mantenido eternamente inmanifiesto a Sí Mismo?
Solo en la gloria que el Hijo le rinde al Padre podemos afirmar que el Padre es.   


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lunes, 21 de noviembre de 2016

SAMKHYA, YOGA Y VEDANTA ADVAITA




Samkhya, Raja Yoga, y Vedanta Advaita

(Breve reflexión comparativa entre los tres Darsanas)


R. Mallon Fedriani


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samkhya yoga vedanta


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Si bien son muy diversos los sistemas y escuelas Vedanta surgidos a lo largo de la historia, creemos conveniente señalar algunos aspectos sobre las vías que se proponen en tres de los darsanas o “puntos de vista doctrinales” del Hinduismo que están íntimamente relacionados entre sí. Por una parte, la doctrina cosmológica expuesta en el Samkhya es fundamental para el Vedanta Advaita. Por otra, algunos métodos del Raja Yoga son utilizados como medios de realización vedánticos. No obstante, esto no debe llevarnos a identificar entre sí los tres “sistemas”.

Simplificando mucho podemos decir que los tres puntos de vista coinciden en que el destino del ser humano (y en general de cualquier Jiva o “alma viviente”) es: vivir, actuar, experimentar resultados, acumular karma, morir, y transmigrar a otra forma de existencia de conformidad con el karma anterior. Este ciclo continua “eternamente” hasta que se consigue escapar de esta rueda interminable del Samsara y la “Liberación”. Todo este proceso conlleva gozo pero también –y sobre todo– sufrimiento; sufrimiento del que el Jiva, “antes o después”, desea liberarse.

La cosmología que plantea el Samkhya es la base para los desarrollos del Raja Yoga y también del Vedanta Advaita, pero en cambio los medios que proponen cada una de estas “escuelas” para alcanzar la Liberación, si bien coinciden en parte, se diferencian significativamente. Ello se debe a la diversidad de presupuestos teóricos o doctrinales, y en consecuencia a los objetivos que proponen. Veamos en síntesis en qué consisten algunas de estas concordancias y diferencias.

Para el Samkhya el método de “Liberación del sufrimiento” consiste en el desarrollo del “conocimiento discriminativo” (vijñana) por el que se llega a discernir entre tres cosas: “lo manifiesto” (vyakta), “lo inmanifiesto” (avyakta), y el “conocedor” (jña). Para ello se insta al “buscador” a que profundice en el estudio de la ontología Samkhya según la cual el mundo “manifiesto” se despliega a partir de la causa raíz “inmanifiesta”–o materia primordial (Mula Prakriti) –, que aunque en sí es inmanifiesta, debido a su carácter extremadamente sutil se despliega dando lugar a la Manifestación Universal a través de los “principios universales” (Tatvas). Estos Tatvas –como decimos, verdaderos principios de toda manifestación del orden que sea y que hacen un total de veinticinco– comienzan con Mahat (el cuerpo sutil o psíquico cósmico y universal), y terminan materializándose en los cinco elementos groseros (éter, aire, fuego, agua, tierra). Tanto lo “manifiesto” como lo “inmanifiesto” poseen las cualidades (gunas) de satva (ligereza), rajas (movimiento), y tamas (pesadez) que se combinan entre sí para formar los distintos seres de la Manifestación universal. Por otro lado, separado de lo “manifiesto” (el mundo o Jagat) y de lo “inmanifiesto” (Mula Prakriti), está Purusha, que es el “Espíritu” o Pura Consciencia. Se afirma que este Purusha es múltiple –según se comprueba en los múltiples seres de la manifestación–, no está afectado por los gunas, y es un puro Testigo no activo cuya sola presencia activa el despliegue de la Prakriti universal. Esta conjunción (samyoga) entre Purusha y Prakriti pone en marcha la Manifestación. Prakriti –se dice– “trabaja” desde el comienzo para liberar a Purusha, cosa que ocurre una vez Purusha “la ha visto manifestarse”. En otros términos, según el Samkhya, Prakriti deja de operar una vez “se ha mostrado” ante Purusha y de hecho “trabaja” para que éste se libere, para que “la vea”. Esta “liberación” consiste en la toma de consciencia de que Purusha y Prakriti, a pesar de las apariencias, permanecen siempre separados; de que nunca se produjo realmente la conjunción entre Purusha y Prakriti (entre el “espíritu” y la “materia”). El conocimiento de esta Verdad Última –se afirma– conduce a la Liberación de los seres. Mientras no sea así el Jiva continua bajo la influencia de Avidya, la ignorancia, y sigue siendo esclavo del Samsara. Así pues, para el Samkhya el medio de Liberación es el Conocimiento, si bien éste deberá ser más que una simple creencia o asentimiento intelectual de que la naturaleza (Prakriti) es distinta del Espíritu (Purusha); deberá llegar a constituir una “experiencia inmediata”. Este Conocimiento discriminativo surge según el Samkhya por medio de la meditación sobre los principios (Tatvas) y del cultivo en la buddhi (el tatva correspondiente al intelecto) de cualidades de carácter puro (bhavas): cumplimiento con el deber propio (dharma), conocimiento (jñana), desapego respecto al mundo (vairagya), y poder o voluntad (aisvarya). Aunque buddhi, siendo un principio más manifestado por Prakriti, se encuentra por ello “sumergido” en ésta, es –con todo– el principio que se encarga de presentar las experiencias al Testigo Purusha, y este carácter de “mediador” tiene el poder de liberar de la ilusión (Avidya). Cuando surge el conocimiento discriminativo, éste adopta la forma de “yo no soy”, “nada es mío”. Es entonces cuando se produce la liberación del error y “Purusha ve a Prakriti”, con lo que en ese preciso instante Prakriti deja de “bailar” y consecuentemente los bhavas pierden su poder causal, es decir, su poder de encadenar el Jiva al Samsara, de modo que ya no son vistos como reales. No obstante, llegados a esta situación “la unión” ilusoria (samyoga) entre Purusha y Prakriti sigue apareciendo ante los ojos, pero esto se da ya después de haber “separado” ambas cosas y con la consciencia clara de que las acciones no son propias –no son del Jiva– sino de Prakriti. Es así como el Jiva alcanza la liberación (Kaivalya). Así pues, vemos que para que la “liberación en vida” se pueda dar, se ha de discernir claramente la naturaleza de la esclavitud debida al deseo y a la idea de un “yo agente” que disfruta de las acciones, y ser ambos eliminados. Lo paradójico de este planteamiento es que Prakriti opera de modo que los deseos se obtengan, pero en última instancia su operación acaba liberando a Purusha. La cesación de Prakriti y la consecuente pérdida de interés de Purusha por el mundo ilusorio constituyen la raíz liberadora que termina con el apego dirigido por el deseo. A partir de ese momento el Conocimiento obtenido evitaría la recaída en aquello que “ha demostrado ser inútil”. Si bien la mente y el cuerpo continúan operando, el conocimiento directo de que el Sí Mismo (Purusha) no posee nada propio hace desaparecer todo acto compulsivo dirigido por el deseo (samskaras y vasanas), y el individuo se mueve por el mundo con completo desapego hasta que llega el momento de la muerte en el que se produce la separación final. 

El Raja Yoga de Patanjali –también llamado Ashtanga Yoga– es en cierto modo una forma práctica de realizar el objetivo de Liberación (Kaivalya) que plantea el Samkhya, y está también muy influenciado por la doctrina de éste. Para el Yoga el estado final de Liberación es –al igual que en el Samkhya– la “separación” de Purusha de Prakriti (Kaivalya). Mientras que en el Samkhya se define Kaivalya como la cesación de “la danza de Prakriti” una vez ha sido “vista” por Purusha, el Yoga pone énfasis en los gunas o tendencias (satva-ascendente, rajas-horizontal, y tamas-descendente) que poseen en una medida otra todos los seres. Una vez que estos gunas han cumplido su propósito, se retiran y permiten que Purusha se establezca en su estado natural de Pura Consciencia. Kaivalya es, tanto para el Yoga como para el Samkhya, la Realización de Purusha como pura Consciencia libre de toda asociación con Prakriti, sin embargo los medios que propone el Yoga para llegar a ello son diferentes. Si bien el Conocimiento puede ser eficaz en el camino de la Liberación, el objetivo final del Yoga es la detención (Nirodha) de todas las modificaciones mentales (chittavritti). Para ello se necesita desapego (vairagya) y práctica (abhyasa) continuada por un largo periodo de tiempo. Según el Raja Yoga el problema radica en que el individuo (el Jiva) se identifica con su cuerpo, sus sentidos y su mente; todo este conjunto está mezclado debido a los llamados “cinco obstáculos” (kleshas) o impurezas: ignorancia (avidya), sentido del ego (asmita), pasión (raga), repulsión (dvesha), y apego a la vida (abhinivesa). Siendo así, el camino hacia el samadhi requiere que el practicante del Yoga supere las influencias de las acciones pasadas (karma) que están cargadas de estas impurezas u obstáculos, pues estos son la causa raíz de la esclavitud y el sufrimiento. Para eliminarlos, se ha de empezar por la ignorancia (Avidya), de modo que uno debe conocer la Realidad, y ello consiste –al igual que afirma el Samkhya– en “separar” el “espíritu” (o consciencia individual) de Prakriti (la totalidad de la Creación, incluyendo el propio complejo cuerpo-mente). Esto significa que el individuo debe tomar consciencia, por medio de la discriminación y la práctica, de que es una entidad espiritual (Purusha) pura y aislada, completamente distinta de los procesos cambiantes de la naturaleza (Prakriti) y que está presente en su cuerpo físico, sus sentidos y su mente. Según el Yoga, tanto Purusha como Prakriti son ambas entidades reales (dualismo), y hay tantas entidades aisladas como individuos (multiplicidad).

Para lograr este objetivo de “Liberación” (Kaivalya) las prácticas que se presentan en los Yoga Sutras de Patanjali son diversas. En la primera parte se expone lo que podríamos llamar la “vía directa”, y allí se encuentran técnicas como la retención de la respiración (Pranayama) y distintas formas de concentración mental: sobre la palabra sagrada OM, sobre las imágenes oníricas, sobre algo que posea características particularmente atractivas, o sobre cualquier otra cosa que uno escoja. En la segunda parte se plantean otros dos caminos. Uno es el llamado “yoga de la acción” (kriyayoga) que consiste en la práctica de la autodisciplina (tapas), el estudio de uno mismo y de las Escrituras (svadhyaya), y la devoción a Dios Creador o Ishvara (Ishvarapranidana). El otro camino –quizás el más conocido– es el de la práctica de los llamados “ocho miembros” (Ashtanga yoga): yama (prescripciones), niyama (prohibiciones), asana (postura), pranayama (control respiratorio), pratyahara (apartamiento de los sentidos), dharana (concentración), dhyana (meditación), y finalmente el llamado samadhi (contemplación o absorción). 

Hasta aquí vemos que el Samkhya y el Raja Yoga comparten la misma idea (objetivo) de Liberación del Samsara: la realización de la “separación de Purusha y Prakriti”. Según el Samkhya esto se consigue por el Conocimiento y la eliminación de las impurezas (bhava), y según el Raja Yoga no basta con esto sino que hacen falta además unas prácticas que conduzcan a la detención completa de las modificaciones mentales.

Veamos ahora sucintamente el planteamiento del Vedanta Advaita. Si en el Samkhya el punto de partida y de llegada es dualista (separación eterna entre Purusha y Prakriti) y se postula la multiplicidad (existen múltiples purusha), en cambio según el Vedanta Advaita –y en base a la verdad contenida en las Upanishad– solo existe una Única Realidad Última no-dual que es Brahman; y este Brahman es a la vez Atman, el sí mismo individual oculto por la ignorancia (Avidya) que nos engaña por medio de la sobreimposición (Adhyasa) sobre Brahman de las características ilusorias (transitorias, no eternas) del Jiva, y que en definitiva no son sino el bagaje kármico que éste trae a la existencia. La totalidad del mundo objetivo (Jagat) –incluyendo el propio complejo cuerpo-mente– entendido como objetos separados y distintos “según su nombre y forma” (nama-rupa), no es sino una manifestación ilusoria de ese “poder inexplicable de ocultamiento y de proyección” que posee Brahman y que constituye lo que se llama Maya o “Ilusión Cósmica”. Es este poder de ilusión (Maya) el que hace que se tome lo que no es real (lo que no es eterno) por real, e impide que el Jiva se percate de su propia irrealidad y de su identidad con la Realidad Única (Brahman/Atman). Al igual que se afirma en el Samkhya y en el Yoga, según el Vedanta Advaita (el Vedanta No-dual), la Liberación (Moksha) se alcanza por medio del Conocimiento, pero éste aquí consiste no en la separación de Purusha y Prakriti –que en el Samkhya se considera una separación real– sino en la Realización de la identidad absoluta Atman-Brahman y en el reconocimiento de que todo lo demás, con sus múltiples “nombres y formas” (nama-rupa), es en el fondo transitorio e ilusorio; un mero espejismo que pierde todo su poder de encantamiento cuando se conoce la Verdad Última.

Según el Vedanta Advaita el Conocimiento conlleva el desapego (vairagya) y la desaparición de los deseos, y sin deseos no hay más transmigración. El conocimiento de las Upanishad es suficiente para la Liberación, no obstante es necesario llevar adelante debidamente el proceso de escucha (sravana), reflexión (manana), y meditación (nidhidhyasana) de las enseñanzas a través de un maestro verdadero y cualificado; de otro modo, el “buscador” se perderá entre las aparentes contradicciones que aparecen en las Escrituras. El buscador deberá ser desapasionado hacia las cosas que no son eternas –que no son Brahman–, abandonar los deseos hacia las cosas mundanas (hijos, honores, riquezas, etc.), además de poseer otros requisitos (sadana chatustaya); todo ello con el fin de alcanzar el grado superior de renuncia que constituye el estado de Paramahamsa sannyasa. En definitiva, el Vedanta shankariano no propone técnicas yóguicas a fin de alcanzar la Liberación –tal y como se entienden en el Yoga– sino para llegar al estado de Conocimiento y en última instancia a la  identidad Atman-Brahman. Su objetivo no es el aislamiento de Purusha –como ocurre en el Yoga al igual que el Samkhya– , ni tampoco el medio es la supresión de toda actividad mental, pues desde el punto de vista vedántico el yogui que incluso llega a alcanzar el más elevado de los estados de absorción o samadhi, no con ello elimina todas sus tendencias latentes (Vasanas), sino que las conservaría en forma de semillas dispuestas a volver a manifestarse llegado el momento –aun cuando sea después de la disolución universal (Pralaya) en un nuevo ciclo de Manifestación–. Según el Vedanta Advaita, en el samadhi yóguico la mente –vacía de todo objeto, sin identificarse con ningún objeto– parece no existir, pero existe. A través del Yoga se obtendría un control mental completo –eso sí– pero no la llamada “destrucción de la mente” (manonasa) entendida como conjunto de impresiones y predisposiciones a la acción atribuidas a un “agente” que se cree separado de la Unidad de Brahman –lo Único Real–. En definitiva, para el vedantín el practicante del Yoga ortodoxo no conseguiría salir de la ilusión de la dualidad. El Vedanta Advaita tiene en cambio una perspectiva “unitaria”. La renuncia (sannyasa) del vedantín persigue recuperar un estado que no niega o duda acerca de la existencia del “mundo” a pesar de su realidad en última instancia ilusoria. Se trataría de alcanzar un estado de consciencia que modifica radicalmente la visión que teníamos anteriormente bajo los efectos de la ignorancia (Avidya); de llegar a la visión del mundo “tal y como es”, no como nos parece ser, esto es, a abandonar la idea de que el mundo es una realidad que se da independientemente de Brahman, sin que ello implique necesariamente el aislamiento o apartamiento de aquél.  No se trata de cambiar nuestra visión del mundo de modo que lo veamos como una “nada”. Lo que hay que cambiar es la actitud que se tiene ante el mundo y todas las actividades relacionadas con él, lo cual implica que si el Conocedor de Brahman (el jñani) estaba involucrado en el mundo antes de alcanzar el Conocimiento, después de alcanzarlo también lo estará, pero su manera de hacerlo será completamente diferente. Antes del amanecer del Conocimiento se involucraba en el mundo con un sentido de “yo” (ahamkara). Después del Conocimiento lo hará -o no lo hará- pero en cualquier caso será consciente de que la idea de “yo” carece de sentido. El advaitin busca descubrir esta Verdad a través de la renuncia (sannyasa) exterior, pero sobre todo interior. Una vez eliminado el sentido del “yo” (ahamkara) a través del Conocimiento se produce una ampliación de la consciencia en la que el hombre adquiere una identidad superior (Brahman=Atman) y el mundo se convierte en un campo donde se lleva a cabo la acción libre sin buscar resultados o perseguir motivaciones egóicas determinadas por sus “tendencias latentes” (Vasanas), pues al haber sido eliminado el sentido del “yo” (ahamkara) ya no queda nada para generarlas.  



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sábado, 12 de noviembre de 2016

ADVAITA (NO DUALIDAD) Y RELIGIONES




Advaita y religiones


Abhishiktananda
(Henri Le Saux)


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Extracto del capítulo titulado “El dilema del Advaita” contenido en el libro “Saccidananda”, escrito por el monje benedictino y profundo conocedor del Vedanta Advaita, Henri Le Saux. Traducción inédita en castellano por R. Mallon Fedriani.


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Los cristianos en la India se ven confrontados con una experiencia espiritual y religiosa que proclama ser la más elevada, no menos que la suya propia. En nombre de esa experiencia los sabios hindúes, así como los místicos, discuten entre sí con el fin de afirmar el estatus esencialmente relativo de todo aquello que es accesible a los sentidos o a la razón humana. Partiendo de este juicio incluyen sin excepción no solamente las verdades que los hombres pueden llegar a descubrir a través del intelecto, sino también todas aquellas que proclaman haber recibido directamente de Dios a través de la Revelación divina. Creencias, ritos, instituciones religiosas de todo tipo, todo ello cae dentro de esta devaluación general. 

El jñani hindú por supuesto no niega todo valor a la fe y a las instituciones cristianas. Las considera útiles y de hecho beneficiosas para las gentes pertenecientes a un determinado contexto cultural, y ello en tanto que su experiencia espiritual está aún confinada dentro de la esfera del tiempo y de la multiplicidad. Esto es cierto no solamente para el Cristianismo sino para todas las religiones, y no menos para el Hinduismo. Mientras que el hombre diferencia entre el “yo”, el mundo, y Dios, los dogmas y los ritos no sólo son legítimos para él, sino necesarios. Nadie tiene ningún derecho a evadirse de las obligaciones de su propio dharma mientras no haya alcanzado la “experiencia final”; no basta que haya leído en las escrituras u oído de su gurú que la verdad última es advaita o no dualidad. La libertad inherente al estado de liberación o moksha sólo se logra por medio de la experiencia.

Desde el punto de vista vedántico ni la adoración ni las Escrituras hindúes, ni tampoco los sacramentos y dogmas cristianos, tienen un valor fundamental o supremo. Son todas como la ‘balsa’ de la que hablaba frecuentemente Buda. Uno hace uso de ella para cruzar un río, y en caso de emergencia si no hay ninguna disponible, uno puede incluso construirla por sí mismo; pero una vez que se ha llegado a la otra orilla a nadie se le ocurriría llevársela consigo. Dicho de otro modo, son como la cerilla encendida de la que se habla en los Upanishad: uno la utiliza para encender la lámpara pero una vez que la lámpara está encendida se deshace de ella sin pensarlo dos veces. El hombre tiene la capacidad de tener verdadera consciencia del sí mismo. No está hecho para permanecer siempre en el nivel rudimentario de consciencia al que lo arroja la percepción sensorial dirigida -como debe ser- hacia el exterior, y donde intenta mantenerle sostenido. Con toda seguridad el recién nacido necesita al principio la leche, pero la leche no va a constituir su alimento para siempre. Al principio necesita el pecho de su madre, pero el estado final del hombre no es permanecer junto al pecho de su madre. Tampoco puede la mariposa permanecer indefinidamente en el estadio de crisálida. Lo mismo es aplicable a los estadios sucesivos a través de los cuales pasa el hombre en su desarrollo mental y espiritual, desde el pensamiento práctico del hombre primitivo al pensamiento reflexivo del filósofo, y finalmente a la pura consciencia del  ‘Veedor’.

Los estadios preliminares no son mera ilusión, tal y como a veces se afirma de una manera excesivamente simplificada. La verdad que contienen tiene su valor, pero un valor que está limitado al nivel en el que se experimenta. Esta verdad no se pierde cuando la ‘experiencia suprema’ toma posesión del Espíritu. La teoría de Euclides no dejó de ser cierta en su propio nivel cuando los matemáticos descubrieron que se trataba solamente de un caso particular de la ciencia de la geometría. Para el jñani el mundo es real, al igual que lo es para el ajñani, tal y como ya sea dicho.  Sólo el jñani  tiene acceso a un nivel superior de realidad que es insospechado para el ajñani. Desde este nivel trascendente él es capaz de juzgarlo todo y de discernir el grado de verdad en todo aquello que se manifiesta como tal, algo similar a lo que dice San Pablo acerca del hombre espiritual (1 Cor 2:15). El hombre que ha alcanzado la esfera de consciencia del Sí Mismo en verdad no pretenderá afirmar que la percepción ordinaria es irreal en el sentido absoluto del término. Él sabe demasiado bien que no debe permitirse realizar ningún juicio categórico sobre la realidad del mundo, sobre su existencia particular, o sobre la variedad múltiple de las cosas. Por ejemplo, no dirá que el “yo”, el mundo, y Dios son sencillamente uno, ni reducirá el Ser a una mónada filosófica, tal y como con frecuencia se le pide que haga o a veces se le descalifica por hacerlo. Esto superaría los límites de su visión, y además constituiría una interpretación conceptual -además de dualista- de aquello que trasciende toda conceptualización. Todo lo que puede permitirse a sí mismo murmurar es ese “no hay dos”, advaita, pues el ser no se puede dividir...

Precisamente esto, es decir su negativa a la definición conceptual y su referencia constante a la experiencia transcendente, lo que hace que el vedantín sea tan inflexible en su negativa a llevar a cabo todo intento de absolutización de cualquier concepto o experiencia de la consciencia fenoménica. Exactamente igual que en el caso de la fe cristiana, la experiencia Advaita tiene lugar a un nivel que no permite comparaciones. Ambas siguen la misma línea. Sin negar el valor de la razón humana a su propio nivel, ambas niegan todo juicio acerca de ello. No obstante, no hay aquí ni siquiera dos revelaciones cuyos contenidos sean comparables fenomenológicamente, como es el caso entre Cristianismo y el  Islam. La experiencia del Vedanta, como la del Budismo y el Taoísmo originales, sólo puede entenderse en sus propios términos. El desafío que presenta la experiencia espiritual oriental a la cristiandad, así como a toda forma de religión y filosofía, tiene un carácter definitivo. Éstas son empujadas hacia arriba hasta la última ‘línea de defensa’, compelidas a encarar un último dilema que consiste en permanecer para siempre en el nivel de lo que es múltiple y relativo, o consentir que se disuelva su identidad en la experiencia sobrecogedora del Absoluto.

De hecho no hay ninguna lógica que pueda minar la posición básica del Vedanta. Se puede discutir sobre los sistemas filosóficos que se desarrollaron sobre la base de la experiencia Advaita. Se puede intentar demostrar que en la Advaita no tiene respuesta a los problemas del mundo o de la vida moral, pero todo esto yerra su objetivo, o más bien resbala sobre la superficie diamantina del Advaita sin dejar la menor huella.  A todos los problemas a los que se le encara al jñani, a toda metafísica a la que se le confronta, él responde haciendo la sencilla pregunta: “¿admites o no admites el hecho del Ser?”  “Si ya hay Ser, ¿entonces quién o qué podría calificarlo?”  Éste era el tema que hace mucho tiempo planteaba el famoso poema de Parménides en los amaneceres de la filosofía griega poco después de que los rishis en las orillas del Ganges  y los Indus hubieran también oído ellos mismos en las profundidades de su espíritu de la upanishad del Ser y Brahman.  La razón puede discutir, pero la experiencia conoce.

El simple monoteísmo, tal y como fue revelado a Abraham, no puede responder fácilmente el desafío vedántico. Esto también es cierto acerca del monoteísmo que se encuentra en el Corán, y también en la forma mosaica.  A los ojos del vedantín la proclamación de la trascendencia de Dios que hacen los judíos o los musulmanes queda invalidada por el mismo hecho de que se atrevan a formularla. Postrarse ante Dios es sin duda algo muy noble, pero en el mismo acto de postración ¿acaso no está el creyente afirmándose a sí mismo frente a Dios? ¿Acaso no está midiendo a Dios con su propia escala humana en el momento en el que proclama que Dios está más allá de toda medida? Quizás todo esto sea una manera de hablar que no tenga mayor valor, en cuyo caso no hay nada más que decir; de ser así, entonces el Advaita permanece como la Verdad definitiva. Si en vez de eso hay una ‘postración’ real, entonces esa postración en sí misma destruye la llamada a la trascendencia, ya que presupone al menos alguna medida común entre aquel que adora y aquel que es adorado.

La religión del Antiguo Testamento está fundamentada enteramente sobre la idea de una Alianza entre Dios y el hombre. Sin duda esta es una de las expresiones más elevadas posibles de la relación del hombre con Dios. No obstante ¿quién eres tú, como hombre, para erigirte a tí mismo como ‘compañero de Dios’, para pedirle explicaciones como hizo Job, o incluso para desafiarlo por tu pecado? ¿Quién eres ‘tu’ para erigirte a ti mismo de este modo? Una vez que se ha encontrado el Absoluto, no hay terreno firme sobre el cual el hombre puede intentar mantener su equilibrio. Una vez que se está en contacto con el Ser, todo aquello que se atreve a proclamar que posee que tiene una parte en el Ser cae en la nada, o más bien, desaparece en el Ser  Mismo. Cuando el Sí Mismo brilla plenamente, el “yo” que se ha atrevido a acercarse no puede reconocerse a sí mismo por más tiempo, o preservar su propia identidad en medio de esa Luz cegadora. ¿Quién queda para ser en presencia del Ser Mismo? La demanda del Ser es absoluta. Nunca puede haber más que un valor relativo en todo lo que el hombre intenta decir o pensar acerca de Dios. Todo el desarrollo posterior de la religión de la Alianza -doctrinas, leyes y adoración- lo encuentra de una manera simple el advaitín en las palabras reveladas originalmente a Moisés es en el monte Horeb: “Yo Soy el que Soy”.

Sin duda el judaísmo continuará existiendo, igualmente el islam.  En verdad nadie pensaría en negar la influencia benéfica ejercida por estas fes monoteístas en el despertar religioso de la humanidad. Estemos o no de acuerdo en que en la religión mosaica fue revelada directamente por Dios, los ecos que suscitó en los corazones de los sabios según meditaban sobre la Alianza, el fuego que ha encendido en los corazones de los profetas, y el coraje y la fidelidad con la que inspiró a los creyentes incluso en las circunstancias más adversas, son todos ellos pruebas claras de su valor para el espíritu humano. Sin duda la religión de la Alianza se corresponde con intuiciones y revelaciones que están en la profundidad de la psique humana y proporcionan la oportunidad de su expresión. La actitud religiosa de los judíos desafía sutilmente la mente humana con el problema de la existencia personal del hombre a la vez que la personalidad de Dios; así mismo plantea el problema de la necesidad oculta profundamente en el hombre de entrar en comunicación con Dios y de tener al menos algún tipo de relación mutua con Él. (De forma análoga la “angustia” característica de el “ser para la muerte” que es tan destacada en la filosofía contemporáneo, encara al hombre de una forma no menos inexorable con la cuestión de la autonomía de su conciencia en el contexto de su contingencia). Siendo justos el vedantín no tiene más derecho a evadir dichos problemas cuando por su parte conceptualiza su experiencia del sí mismo y lo expresa en términos filosóficos, que lo tiene el cristiano para evadir el desafío del Advaita cuando intenta expresar en una “teología” la experiencia de los apóstoles del misterio de Cristo; y menos aún la experiencia del propio Jesús. Pero el advaitín objetará una vez más diciendo que estos problemas, al igual que todos los demás problemas, pertenecen únicamente al ámbito de la razón, de la “ciencia”. Es el individuo el que los plantea y piensa acerca de ellos, pero esto es así precisamente porque aún no se ha reconocido a sí mismo en su propia Verdad última. ¿Quién queda para hacer surgir estos problemas el día en el que se ha descubierto finalmente a sí mismo más allá de las ataduras y limitaciones de su existencia, más allá de la sucesión de momentos que transitan continuamente, y más allá de su conexión aparente con el mundo de su percepción igualmente transitorio? Los problemas que se encuentran en un sueño desaparecen automáticamente cuando uno se despierta. Las filosofías, al igual que las teologías, no tienen otro propósito que el de dirigir al hombre hacia el conocimiento que lo salvará.   Ellas no pueden entrar en la habitación más interior; en el “castillo interior”; al igual que Moisés, ellas tienen prohibido entrar en la “tierra prometida”. Sólo pueden otearla y admirarla desde el distante Monte Nebo, desde el punto ventajoso de su conocimiento discursivo o incluso desde las palabras con las que Dios ha consagrado su mensaje, pero requiriendo todas ellas la elucidación en el Espíritu. Su sola función es la de despertar al hombre, de hacerle realizar su propia naturaleza, y de liberarle poco a poco de su sí mismo de ensueño que proyecta su propio mundo de ensueño. Desafortunadamente el hombre se agarra a su mundo de ensueño con demasiada frecuencia por su propio interés; ¡incluso espera de él una salvación de ensueño! Las doctrinas, las leyes, y los rituales sólo tienen el valor de ser indicadores que señalan el camino hacia lo que está más allá de ellas.  Un día, en la profundidad de su espíritu, el hombre no podrá evitar escuchar el sonido del “Yo Soy”  que pronuncia “El-Que-Es”. Entonces contemplará el brillo de la Luz cuya única fuente es ella misma, es Él mismo, es el Sí Mismo único... ¿Qué lugar habrá entonces para las ideas, las obligaciones o los actos de adoración de cualquier tipo? ¿En qué se habrá  convertido entonces -pregunta el advaitín-, el filósofo y el teólogo, el académico y el sacerdote, el profeta y el maestro de la ley?



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