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jueves, 8 de diciembre de 2016

TRINIDAD Y ADVAITA



Sobre la Trinidad y el Vedanta Advaita:

"El Padre y el Hijo"

Henri Lesaux (Abishiktananda)

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Extracto del Capítulo titulado “En el corazón de la Trinidad” contenido en el libro “Saccidananda: una aproximación cristiana a la experiencia advaita”, Edicions du Centurion, Paris, Delhi, 1990. (Traducción inédita al castellano: Roberto Mallón Fedriani)

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Si la experiencia cristiana de la Trinidad abre al hombre nuevas perspectivas de significado respecto a la intuición de Sat-Chit-Ananda, es igualmente cierto que los términos Sat, Chit y Ananda por su parte ayudan mucho al cristiano en su propia meditación sobre ese misterio central de su fe. Ningún lenguaje teológico único será nunca capaz de expresar todo lo que el Evangelio nos ha revelado respecto a Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cabe por tanto esperar que así como el judaísmo y el helenismo hicieron su contribución, así la divina preparación de India servirá por su parte para llevar a los creyentes a contemplar el misterio con una nueva profundidad. En particular, la intuición sobre Sat-Chit-Ananda será una ayuda para penetrar en el misterio del Espíritu, el cual, de acuerdo con el evangelio de San Juan tiene que ver principalmente con la presencia de Dios ante los hombres en sus corazones. Y si cualquiera llega al Evangelio con la experiencia personal del Vedanta, se puede decir con seguridad que las palabras evangélicas provocarán profundos ecos a partir de la intuición que ya había tenido anteriormente con Sat-Chit-Ananda. Esta experiencia previa causará maravillosas resonancias en su actual fe en la Santísima Trinidad. Esto es así porque todas las cosas son el trabajo del Espíritu Uno, quien se ha estado preparando para el despertar y la resurrección de este hombre desde que hace mucho tiempo se reveló primero al corazón de los rishis como Presencia Infinita.
No se trata aquí de una cuestión de teorización teológica o de comparaciones académicas entre los términos de la revelación Cristiana y aquellos con los que India ha expresado su propia experiencia mística única. Se trata más bien de una cuestión de despertar, una consciencia que está más allá y muy lejos del alcance del intelecto, una experiencia que brota y surge en las rincones más profundos del alma.

La experiencia de Sat-Chit-Ananda lleva al alma, más allá de todo simple conocimiento intelectual hacia su mismo centro, a la fuente de su ser. Solo allí es capaz de escuchar la Palabra que se revela en el interior de la unidad indivisa y no-dual (advaita) de Sat-Chit-Ananda, el misterio de las Tres Personas Divinas: en Sat, el Padre, el Principio absoluto y Fuente de todo ser; en Chit, el Hijo, el Verbo divino, el Conocimiento de Sí Mismo del Padre; en Ananda, el Espíritu de amor, Plenitud y Felicidad sin fin.

Entonces, en Sat el cristiano adorará especialmente el misterio de la Primera Persona, el Padre. De hecho el Padre es en Sí Mismo ‘principio No Originado’, la Fuente inmanifiesta de la que procede su auto-manifestación. Pero si se contempla solamente el Padre entonces la adoración debe permanecer por siempre en silencio, pues en sí mismo el Padre es Aquel que ‘nunca ha sido hablado’, que es esencialmente inmanifiesto, no conocido. Él es el Abismo del Silencio. Solo el Verbo (la Palabra) lo hace conocido, y es sólo en este Verbo, su Hijo, donde él está presente a Sí Mismo.

Es de Sat, el Simple-Ser, san-matra en términos vedánticos, de donde procede Chit. Chit es la presencia ante Sí Mismo, la consciencia de Sí Mismo, la apertura hacia Sí Mismo, de Sat. San Juan dice del Verbo que era “en el principio”. De Sat, el Padre, no se puede concebir ni decir nada a fin de situarlo en ningún lugar, sea en el tiempo o en la eternidad. El Padre es origen, fuente; absolutamente. El manantial no es la corriente de agua que fluye de él, y sin embargo el manantial solo se conoce por medio de la corriente que de él fluye. ¿Entonces qué es el manantial en sí mismo, la pura fuente? ¿Qué es el Ser –Sat- en Sí mismo? ¿Qué es el Padre?

Chit es el despertar a Sí Mismo del Ser, es la venida a la manifestación en Sí Mismo. No es meramente un aspecto o un modo de Brahman, el Absoluto. En términos cristianos es una verdadera procesión, un verdadero nacimiento, primero en la eternidad y ulteriormente en el tiempo. El Hijo es la Palabra (Verbo) consubstancial a través de quien el Padre se expresa a Sí Mismo en Sí Mismo. Y es en ese Verbo por medio del cual el Padre se expresa a sí mismo, en su propia autoconsciencia y presencia ante Sí Mismo en el Hijo, donde ‘todo lo que es ha llegado a ser’.

En el corazón de todo ser pensante, de toda consciencia que despierta a sí misma, la Presencia eterna brilla y se hace conocer –la Luz que ilumina toda consciencia que despierta en el mundo (Juan 1:9).
Los videntes de los tiempos antiguos tuvieron una intuición de esta pura auto-consciencia que está en la misma fuente de su ser y a su vez es el horizonte más elevado de su pensamiento; una intuición de aquello que sin duda escapa al alcance de los devas, esto es, al intelecto y la voluntad humana (Kena Up 3). Aquello que ellos reconocieron oscuramente (cp. 1 Cor. 13:12), lo descubre la fe cristiana en la mirada eterna del Hijo. Siendo en su sí mismo más interior la imagen de Dios, se reconoce a sí mismo en el reflejo perfecto de la gloria del Padre que el Hijo es.

No hay sino una Presencia –eso dicen los videntes, aquellos que han contemplado la Verdad. Es la presencia del Sí Mismo ante sí mismo; la que es idéntica allí donde se manifieste.

Para la fe cristiana no hay sino un Hijo, divina y eternamente engendrado. Jesús es el único Hijo del Padre, así como –en un nivel que es un signo del primero- él es también el único Hijo de Maria. En la contemplación de su Hijo, el Padre ve todas las cosas; amándole, ama todas las cosas. En el deleite que tiene en su Hijo, el Padre se deleita en todas las cosas., encontrándolas “buenas, muy buenas” (Génesis 1:10, 31). De modo similar todo “vidente” de Dios contempla al Padre únicamente a través de los ojos del Hijo; todo el que ama a Dios lo ama en el amor del Hijo; todo adorador glorifica al Padre a través de las alabanzas de su Hijo. Todo lo que no pasa por el Hijo, no es en realidad, sino que pertenece a la esfera de la ‘no-realidad’, a-sat, la esfera del caos sin significado.

En el mundo de los hombres hay incontables rostros que reflejan al Hijo. No obstante todos son uno, así como el Hijo es. Chit es esencialmente no dual, advaita. Esto puede resultar  desconcertante para nuestras mentes, pero no tenemos derecho a vaciar de significado las palabras de Cristo: cualquier cosa que uno haga –o deje de hacer- con cualquiera de los hermanos de Jesús, se hace –o se deja de hacer- a Jesús mismo (Mat. 25-35).  El apóstol Pablo, después de una experiencia que rasgó su corazón y transformó su vida, se convirtió en un testigo excepcionalmente cualificado y en un predicador incansable de esta verdad. En la eternidad está solamente el Hijo que el Padre contempla y con quien él está completamente satisfecho. Cada uno de los elegidos es la manifestación por medio de la gracia del eterno despertar del Padre a sí mismo en el Hijo.

Para el cristiano a quien el Espíritu le ha conducido a la verdadera consciencia de sí mismo, el Hijo es todo en todo (Col 3:11). La mirada del Padre descansa en la del Hijo en todas partes, y así mismo la del Hijo descansa en la del Padre; en todas partes hay solamente la manifestación de Dios a Sí mismo y en Sí mismo, en la bendita Trinidad de las Personas. De este modo, ningún hombre puede ser un extraño para otro. Así como el Padre despierta a Sí Mismo en mí, y en mí contempla a su único Hijo, así lo hace en todos mis hermanos, por más humildes o insignificantes que puedan parecer. No hay ningún hombre con el que no esté en comunión con la circumincesión misteriosa (circumincessio: movimiento de uno hacia el otro) y en la circuminsesión (circuminssesio: mutua ‘inhabitación’) que es característica de la vida una no dividida de la Santísima Trinidad.

El Ser solo llega a sí mismo en su autoconsciencia –Sat- a través de Chit; el Padre a través del Hijo. La consciencia de Sí Mismo solo se alcanza en el Ser mismo, Chit en Sat, el Hijo en el Padre. Solo el Padre conoce al Hijo, además de aquellos que vienen al Hijo atraídos por el Padre (Juan 6:44); ni nadie conoce al Padre excepto el Hijo y aquellos a quien él elige revelarse (Mat. 11:27). Pero es precisamente a fin de revelar al Padre (Juan 1:18) que el Hijo ha venido al mundo y ha morado entre nosotros (Juan 1:14), viviendo como un hombre entre los hombres, pleno de gracia y de verdad.

En la tierra de Israel la Palabra de Yahveh fue escuchada por los profetas, quienes la comunicaron fielmente a sus gentes. Por su parte, los académicos y sabios de Israel meditaron acerca del secreto de la sabiduría divina que ordena el Universo. De este modo fue como Dios preparó a sus pueblo elegido para la revelación suprema del Hijo que mora eternamente ‘en el seno de su Padre’; Aquel que es la Palabra a través de la cual Él creo el mundo, y la Sabiduría por medio de la cual lo dirige.

India fue preparada por el Espíritu de una manera incluso más interior, de modo que en la plenitud de los tiempos pudiese oír la misma Palabra. Él la condujo dentro de la profundidad del misterio del Ser, dentro de esa consciencia de sí mismo en la que el Ser despierta a sí mismo hasta el punto que todo pensamiento es aniquilado. Pero ese es el mismo lugar donde Aquel que mora en el seno del Padre -que es la presencia del Padre ante Sí Mismo y su propia Consciencia de Sí Mismo- la está esperando para que venga a reunirse con él.

El Silencio del Ser se expresa en la Palabra. Sin la Palabra ese Silencio permanecería por siempre sin romperse. ¿Pero cómo podría el Ser haberse mantenido eternamente inmanifiesto a Sí Mismo?
Solo en la gloria que el Hijo le rinde al Padre podemos afirmar que el Padre es.   


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sábado, 12 de noviembre de 2016

ADVAITA (NO DUALIDAD) Y RELIGIONES




Advaita y religiones


Abhishiktananda
(Henri Le Saux)


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Extracto del capítulo titulado “El dilema del Advaita” contenido en el libro “Saccidananda”, escrito por el monje benedictino y profundo conocedor del Vedanta Advaita, Henri Le Saux. Traducción inédita en castellano por R. Mallon Fedriani.


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Los cristianos en la India se ven confrontados con una experiencia espiritual y religiosa que proclama ser la más elevada, no menos que la suya propia. En nombre de esa experiencia los sabios hindúes, así como los místicos, discuten entre sí con el fin de afirmar el estatus esencialmente relativo de todo aquello que es accesible a los sentidos o a la razón humana. Partiendo de este juicio incluyen sin excepción no solamente las verdades que los hombres pueden llegar a descubrir a través del intelecto, sino también todas aquellas que proclaman haber recibido directamente de Dios a través de la Revelación divina. Creencias, ritos, instituciones religiosas de todo tipo, todo ello cae dentro de esta devaluación general. 

El jñani hindú por supuesto no niega todo valor a la fe y a las instituciones cristianas. Las considera útiles y de hecho beneficiosas para las gentes pertenecientes a un determinado contexto cultural, y ello en tanto que su experiencia espiritual está aún confinada dentro de la esfera del tiempo y de la multiplicidad. Esto es cierto no solamente para el Cristianismo sino para todas las religiones, y no menos para el Hinduismo. Mientras que el hombre diferencia entre el “yo”, el mundo, y Dios, los dogmas y los ritos no sólo son legítimos para él, sino necesarios. Nadie tiene ningún derecho a evadirse de las obligaciones de su propio dharma mientras no haya alcanzado la “experiencia final”; no basta que haya leído en las escrituras u oído de su gurú que la verdad última es advaita o no dualidad. La libertad inherente al estado de liberación o moksha sólo se logra por medio de la experiencia.

Desde el punto de vista vedántico ni la adoración ni las Escrituras hindúes, ni tampoco los sacramentos y dogmas cristianos, tienen un valor fundamental o supremo. Son todas como la ‘balsa’ de la que hablaba frecuentemente Buda. Uno hace uso de ella para cruzar un río, y en caso de emergencia si no hay ninguna disponible, uno puede incluso construirla por sí mismo; pero una vez que se ha llegado a la otra orilla a nadie se le ocurriría llevársela consigo. Dicho de otro modo, son como la cerilla encendida de la que se habla en los Upanishad: uno la utiliza para encender la lámpara pero una vez que la lámpara está encendida se deshace de ella sin pensarlo dos veces. El hombre tiene la capacidad de tener verdadera consciencia del sí mismo. No está hecho para permanecer siempre en el nivel rudimentario de consciencia al que lo arroja la percepción sensorial dirigida -como debe ser- hacia el exterior, y donde intenta mantenerle sostenido. Con toda seguridad el recién nacido necesita al principio la leche, pero la leche no va a constituir su alimento para siempre. Al principio necesita el pecho de su madre, pero el estado final del hombre no es permanecer junto al pecho de su madre. Tampoco puede la mariposa permanecer indefinidamente en el estadio de crisálida. Lo mismo es aplicable a los estadios sucesivos a través de los cuales pasa el hombre en su desarrollo mental y espiritual, desde el pensamiento práctico del hombre primitivo al pensamiento reflexivo del filósofo, y finalmente a la pura consciencia del  ‘Veedor’.

Los estadios preliminares no son mera ilusión, tal y como a veces se afirma de una manera excesivamente simplificada. La verdad que contienen tiene su valor, pero un valor que está limitado al nivel en el que se experimenta. Esta verdad no se pierde cuando la ‘experiencia suprema’ toma posesión del Espíritu. La teoría de Euclides no dejó de ser cierta en su propio nivel cuando los matemáticos descubrieron que se trataba solamente de un caso particular de la ciencia de la geometría. Para el jñani el mundo es real, al igual que lo es para el ajñani, tal y como ya sea dicho.  Sólo el jñani  tiene acceso a un nivel superior de realidad que es insospechado para el ajñani. Desde este nivel trascendente él es capaz de juzgarlo todo y de discernir el grado de verdad en todo aquello que se manifiesta como tal, algo similar a lo que dice San Pablo acerca del hombre espiritual (1 Cor 2:15). El hombre que ha alcanzado la esfera de consciencia del Sí Mismo en verdad no pretenderá afirmar que la percepción ordinaria es irreal en el sentido absoluto del término. Él sabe demasiado bien que no debe permitirse realizar ningún juicio categórico sobre la realidad del mundo, sobre su existencia particular, o sobre la variedad múltiple de las cosas. Por ejemplo, no dirá que el “yo”, el mundo, y Dios son sencillamente uno, ni reducirá el Ser a una mónada filosófica, tal y como con frecuencia se le pide que haga o a veces se le descalifica por hacerlo. Esto superaría los límites de su visión, y además constituiría una interpretación conceptual -además de dualista- de aquello que trasciende toda conceptualización. Todo lo que puede permitirse a sí mismo murmurar es ese “no hay dos”, advaita, pues el ser no se puede dividir...

Precisamente esto, es decir su negativa a la definición conceptual y su referencia constante a la experiencia transcendente, lo que hace que el vedantín sea tan inflexible en su negativa a llevar a cabo todo intento de absolutización de cualquier concepto o experiencia de la consciencia fenoménica. Exactamente igual que en el caso de la fe cristiana, la experiencia Advaita tiene lugar a un nivel que no permite comparaciones. Ambas siguen la misma línea. Sin negar el valor de la razón humana a su propio nivel, ambas niegan todo juicio acerca de ello. No obstante, no hay aquí ni siquiera dos revelaciones cuyos contenidos sean comparables fenomenológicamente, como es el caso entre Cristianismo y el  Islam. La experiencia del Vedanta, como la del Budismo y el Taoísmo originales, sólo puede entenderse en sus propios términos. El desafío que presenta la experiencia espiritual oriental a la cristiandad, así como a toda forma de religión y filosofía, tiene un carácter definitivo. Éstas son empujadas hacia arriba hasta la última ‘línea de defensa’, compelidas a encarar un último dilema que consiste en permanecer para siempre en el nivel de lo que es múltiple y relativo, o consentir que se disuelva su identidad en la experiencia sobrecogedora del Absoluto.

De hecho no hay ninguna lógica que pueda minar la posición básica del Vedanta. Se puede discutir sobre los sistemas filosóficos que se desarrollaron sobre la base de la experiencia Advaita. Se puede intentar demostrar que en la Advaita no tiene respuesta a los problemas del mundo o de la vida moral, pero todo esto yerra su objetivo, o más bien resbala sobre la superficie diamantina del Advaita sin dejar la menor huella.  A todos los problemas a los que se le encara al jñani, a toda metafísica a la que se le confronta, él responde haciendo la sencilla pregunta: “¿admites o no admites el hecho del Ser?”  “Si ya hay Ser, ¿entonces quién o qué podría calificarlo?”  Éste era el tema que hace mucho tiempo planteaba el famoso poema de Parménides en los amaneceres de la filosofía griega poco después de que los rishis en las orillas del Ganges  y los Indus hubieran también oído ellos mismos en las profundidades de su espíritu de la upanishad del Ser y Brahman.  La razón puede discutir, pero la experiencia conoce.

El simple monoteísmo, tal y como fue revelado a Abraham, no puede responder fácilmente el desafío vedántico. Esto también es cierto acerca del monoteísmo que se encuentra en el Corán, y también en la forma mosaica.  A los ojos del vedantín la proclamación de la trascendencia de Dios que hacen los judíos o los musulmanes queda invalidada por el mismo hecho de que se atrevan a formularla. Postrarse ante Dios es sin duda algo muy noble, pero en el mismo acto de postración ¿acaso no está el creyente afirmándose a sí mismo frente a Dios? ¿Acaso no está midiendo a Dios con su propia escala humana en el momento en el que proclama que Dios está más allá de toda medida? Quizás todo esto sea una manera de hablar que no tenga mayor valor, en cuyo caso no hay nada más que decir; de ser así, entonces el Advaita permanece como la Verdad definitiva. Si en vez de eso hay una ‘postración’ real, entonces esa postración en sí misma destruye la llamada a la trascendencia, ya que presupone al menos alguna medida común entre aquel que adora y aquel que es adorado.

La religión del Antiguo Testamento está fundamentada enteramente sobre la idea de una Alianza entre Dios y el hombre. Sin duda esta es una de las expresiones más elevadas posibles de la relación del hombre con Dios. No obstante ¿quién eres tú, como hombre, para erigirte a tí mismo como ‘compañero de Dios’, para pedirle explicaciones como hizo Job, o incluso para desafiarlo por tu pecado? ¿Quién eres ‘tu’ para erigirte a ti mismo de este modo? Una vez que se ha encontrado el Absoluto, no hay terreno firme sobre el cual el hombre puede intentar mantener su equilibrio. Una vez que se está en contacto con el Ser, todo aquello que se atreve a proclamar que posee que tiene una parte en el Ser cae en la nada, o más bien, desaparece en el Ser  Mismo. Cuando el Sí Mismo brilla plenamente, el “yo” que se ha atrevido a acercarse no puede reconocerse a sí mismo por más tiempo, o preservar su propia identidad en medio de esa Luz cegadora. ¿Quién queda para ser en presencia del Ser Mismo? La demanda del Ser es absoluta. Nunca puede haber más que un valor relativo en todo lo que el hombre intenta decir o pensar acerca de Dios. Todo el desarrollo posterior de la religión de la Alianza -doctrinas, leyes y adoración- lo encuentra de una manera simple el advaitín en las palabras reveladas originalmente a Moisés es en el monte Horeb: “Yo Soy el que Soy”.

Sin duda el judaísmo continuará existiendo, igualmente el islam.  En verdad nadie pensaría en negar la influencia benéfica ejercida por estas fes monoteístas en el despertar religioso de la humanidad. Estemos o no de acuerdo en que en la religión mosaica fue revelada directamente por Dios, los ecos que suscitó en los corazones de los sabios según meditaban sobre la Alianza, el fuego que ha encendido en los corazones de los profetas, y el coraje y la fidelidad con la que inspiró a los creyentes incluso en las circunstancias más adversas, son todos ellos pruebas claras de su valor para el espíritu humano. Sin duda la religión de la Alianza se corresponde con intuiciones y revelaciones que están en la profundidad de la psique humana y proporcionan la oportunidad de su expresión. La actitud religiosa de los judíos desafía sutilmente la mente humana con el problema de la existencia personal del hombre a la vez que la personalidad de Dios; así mismo plantea el problema de la necesidad oculta profundamente en el hombre de entrar en comunicación con Dios y de tener al menos algún tipo de relación mutua con Él. (De forma análoga la “angustia” característica de el “ser para la muerte” que es tan destacada en la filosofía contemporáneo, encara al hombre de una forma no menos inexorable con la cuestión de la autonomía de su conciencia en el contexto de su contingencia). Siendo justos el vedantín no tiene más derecho a evadir dichos problemas cuando por su parte conceptualiza su experiencia del sí mismo y lo expresa en términos filosóficos, que lo tiene el cristiano para evadir el desafío del Advaita cuando intenta expresar en una “teología” la experiencia de los apóstoles del misterio de Cristo; y menos aún la experiencia del propio Jesús. Pero el advaitín objetará una vez más diciendo que estos problemas, al igual que todos los demás problemas, pertenecen únicamente al ámbito de la razón, de la “ciencia”. Es el individuo el que los plantea y piensa acerca de ellos, pero esto es así precisamente porque aún no se ha reconocido a sí mismo en su propia Verdad última. ¿Quién queda para hacer surgir estos problemas el día en el que se ha descubierto finalmente a sí mismo más allá de las ataduras y limitaciones de su existencia, más allá de la sucesión de momentos que transitan continuamente, y más allá de su conexión aparente con el mundo de su percepción igualmente transitorio? Los problemas que se encuentran en un sueño desaparecen automáticamente cuando uno se despierta. Las filosofías, al igual que las teologías, no tienen otro propósito que el de dirigir al hombre hacia el conocimiento que lo salvará.   Ellas no pueden entrar en la habitación más interior; en el “castillo interior”; al igual que Moisés, ellas tienen prohibido entrar en la “tierra prometida”. Sólo pueden otearla y admirarla desde el distante Monte Nebo, desde el punto ventajoso de su conocimiento discursivo o incluso desde las palabras con las que Dios ha consagrado su mensaje, pero requiriendo todas ellas la elucidación en el Espíritu. Su sola función es la de despertar al hombre, de hacerle realizar su propia naturaleza, y de liberarle poco a poco de su sí mismo de ensueño que proyecta su propio mundo de ensueño. Desafortunadamente el hombre se agarra a su mundo de ensueño con demasiada frecuencia por su propio interés; ¡incluso espera de él una salvación de ensueño! Las doctrinas, las leyes, y los rituales sólo tienen el valor de ser indicadores que señalan el camino hacia lo que está más allá de ellas.  Un día, en la profundidad de su espíritu, el hombre no podrá evitar escuchar el sonido del “Yo Soy”  que pronuncia “El-Que-Es”. Entonces contemplará el brillo de la Luz cuya única fuente es ella misma, es Él mismo, es el Sí Mismo único... ¿Qué lugar habrá entonces para las ideas, las obligaciones o los actos de adoración de cualquier tipo? ¿En qué se habrá  convertido entonces -pregunta el advaitín-, el filósofo y el teólogo, el académico y el sacerdote, el profeta y el maestro de la ley?



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jueves, 27 de octubre de 2016

DESAFÍO CRISTIANISMO-ADVAITA




EL DESAFÍO QUE PRESENTAN ENTRE SÍ CRISTIANISMO Y ADVAITA  


Swami Abishiktanada
 (Henri Lesaux)


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Extracto del libro de Swami Abishiktanada (Henri Le Saux)  titulado “Saccidananda: A Christian Approach to Advaitic Experience” (63-65). Delhi: ISPK, 1977. Traducción inédita al castellano: Roberto Mallon Fedriani.


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Para el Hombre que tiene la experiencia directa de lo Real nada permanece excepto la Luz desnuda y no compuesta del Ser mismo. Un día alguien preguntó a Ramana Maharishi por qué Cristo enseñó a sus discípulos que debían darle el nombre de ‘Padre’ a Dios. Él contestó: “¿Por qué no se le debería dar un nombre a Dios mientras Dios permanece como otro?” Una vez que el hombre ha realizado la Verdad, ¿qué sitio queda para algo como un ‘yo’, o un ´´Tu´, o un ´Él? ¿Quién queda ni siquiera para susurrar: “¡Oh Señor solo Tú eres; yo soy nada.” En la luz cegadora de esta experiencia no hay lugar concebible para ningún tipo de diferenciación; no hay nada sino a-dvaita, “no-dos”.

El cristiano es sin duda también consciente de que Dios está en él –no meramente de que venga a él (Juan 14:23; Apoc. 3:20) –, y de que cada centro de su alma es el lugar donde mora Dios. Él también sabe que Dios está en todas las cosas, y con el fin de encontrar a Dios busca sumirse profundamente en sí mismo y dentro de todas las cosas en busca de su  secreto final y el del suyo propio. Cuanto más hace esto más descubre la verdad de la presencia de Dios, cada vez más luminosa, más elemental. Entonces busca en las profundidades de su corazón un lugar en donde –por decirlo así– pudiera mantenerse y contemplar Su Presencia, el sanctum interior desde donde su propia individualidad incomunicable mana del Ser mismo y viene a la existencia. Él busca esa fuente interior desde donde brotan su vida y existencia personal a fin de manifestarse en el plano exterior del cuerpo y del intelecto. Él busca ese punto excelso de su consciencia, esa “cúspide” del alma en donde más realmente que en ningún otro lugar puede encontrarse a sí mismo en presencia de Dios, cara a cara con su Padre, allí donde él puede ser un Yo diciéndole ‘Tu’ a su Dios. Incluso si debe ser consumido en el abrazo divino al que anhela el Espíritu que está en él (Canto de Salomón 1:2), quiere al menos percibirse a sí mismo en el momento de arrojarse a este fuego, y ser capaz de decirle a Dios, “Yo me entrego a Ti”.

Pero ¡Ay!, cuando trata de mantener su posición en los últimos recovecos de sí mismo, ¡encuentra que Dios está ya allí! Entonces busca en vano volver sobre sus pasos para poder retirarse en sí mismo e intentar salvar al menos algo de su propia existencia personal separada: al igual que Moisés y Elías quiere esconderse en alguna grieta de la roca desde donde poder contemplar a Dios. Sin embargo, incluso las “cavernas” más recónditas e inaccesibles de su corazón aparecen ya ocupadas, y la oscuridad en la que él hubiera esperado salvar su existencia personal de la aniquilación en el Ser está ya en llamas con la gloria de Dios. Aun así, él lucha desesperadamente por proferir un “yo”, un “tu”; pero ahora ningún sonido se deja escuchar, pues ¿de dónde podría provenir? E incluso si por cualquier medio este “yo” se pudiera llegar a pronunciar, se sumergiría inmediatamente en el único Yo Soy que llena la eternidad… el trueno de Sinaí, la inmensidad de las aguas de las que hablan los Salmos. Le ocurre como al marinero náufrago que, sacudido de ola en ola, vaga en alta mar luchando en vano contra la corriente que lo gobierna y lo arrastra. Todo ha terminado en él, pronto no habrá ningún “yo” para ser consciente de ninguna experiencia, menos aún para ser consciente de que todas las experiencias posibles ya han terminado. No queda nadie para decir “Yo he pasado más allá, me he perdido a mí mismo.” No queda nada aparte de ese Consciencia misma, pura y sin mezcla: Esto (tat)… eso (sat)… OM – “OM tat sat”, como se dice en la Gita (17:23). Pues el hombre no puede ver a Dios y vivir. (Deut. 5:26).


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domingo, 20 de marzo de 2016

NO-DUALISMO CRÍSTICO




SOBRE LA ESENCIA NO-DUALISTA 

DEL MENSAJE CRÍSTICO


Roberto Pla


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jesus buda




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"Cuando   es   llegada    la   hora,   los   muertos (vivientes)  oyen   la   voz   del   hijo   de   Dios para ser retornados  como  muertos  a  la  vida."


Este breve comentario sobre el Logion 1 del Evangelio según Tomás, nos introduce en el mensaje Crístico “oculto”, cuya esencia es idéntica a otros mensajes de la Tradición, como el transmitido por el No-Dualismo del Vedanta Advaita respecto a la meta más elevada de la vida de todo ser humano: el descubrimiento del Sí Mismo (Atman); esa 'Esencia pura que habita en nosotros'.

Extracto de “El Hombre, Templo de Dios Vivo. Exégesis oculta de la religión de Cristo”. Roberto Pla” Editorial Sirio, Málaga 1990. 



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COMENTARIO

La idea expresada en este  logion constituye la esencia  del  mensaje cristiano  y son  muchas las ocasiones  en que  los  textos  neo-testamentarios   canónicos,   la  indican con  leves  variantes  que  aportan  buena  riqueza  de  matices. De estos textos hemos de servirnos ahora para el Comentario.

Sin  duda,  el  proceso  anunciado  consiste  en  todos los casos en  una transferencia o mutación de la conciencia mediante la cual ésta se renueva gradualmente hasta alcanzar  el  Conocimiento  perfecto, o  epignosis [1] .  En  pos de esta translación paulatina, operada de día en día, las adherencias con las que la conciencia se identifica –denominadas  habitual  y  genéricamente  tendencias   de  la carne [2]–, y bajo las cuales la conciencia pura, desconocedora  de  sí  misma,  permanece  como  sepultada  o  muerta,  son  desechadas.

El  conjunto   de  tales  adherencias   es  lo  que  en  el lenguaje paulino se llama el  hombre viejo con sus obras [3]  , el cual  está  constituido  por  todo lo que en  el  hombre es mortal,   pasajero.  Al  despojarse   de  esos  revestimientos, lo  que  queda,   desnudo,   ante  la  conciencia   pura  es  el Espíritu,  esencia  del  hombre  nuevo,  esto  es,  del  hombre que  ha  pasado,  mediante  este  proceso  de  la  muerte  a la vida,  ya que el Espíritu,  al cual el  hombre nuevo conoce, puesto  que  es  él  mismo,  tiene  o es,  Vida  eterna.

Todo  esto  que  decimos  no  sólo  es  conocido  por  la religión   sino  sospechado   por  muchos.   Pero  lo  que  el logion  afirma  es  que  hay  una  interpretación,  una ciencia del   conocimiento,   que   una  vez   encontrada   conduce   a culminar  esa  mutación [4] de  la  conciencia  que  equivale  a pasar de la muerte a la vida [5]  y ser, desde entonces, como muertos  retornados a  la  Vida [6].

Esta  no  es,  por  supuesto,  la  vía  manifiesta,  sino  la oculta,  esto  es,  aún  no  manifestada  en  muchos,  porque tiene  por  objeto  la  realización  -la manifestación- del Cristo  Viviente  que  mora en la  Cámara interior  y secreta de cada  uno, oculto en gracia de  nuestra ignorancia  y del que   Pablo   habla  cuando   dice:   Mas  si  Cristo  está  en nosotros… [7]

Cristo habita siempre en nosotros, y esto de habitar hay que entenderlo en un sentido muy literal[8], porque él –o lo que su denominación significa realmente– es nuestra esencia pura e indeclinable, de la cual sólo nos separa, ciertamente, la espesura de nuestra ignorancia que extiende su velo.

Encontrar  la  interpretación   es,   en  el   sentido   que quiere   el  logion,   igual   a  que  en  la  mente   pacificada e inquisidora  se  abran   intersticios  de  silencio   que  permitan  la  percepción  de  la  Luz  del  Viviente.   Al  principio, esta  Luz  habrá  de  llegar   muy  atenuada   a  la  conciencia, pero  poco  a  poco  ese  pan  preparado   para  que  el  hombre lo   coma  y   no   muera[9]  y   amasado   trabajosamente   con nuestra   incansable  busca  de  la  eternidad  presentida,  se revelará como el único alimento que puede abrirnos al Conocimiento  perfecto   y  con  él  a  la  intelección clarificadora   de  los  destellos de  la  Luz  verdadera.

El  primer   paso  que   sobreviene  como   resultado   de esta  interiorización  purgativa hacia  el  conocimiento, consiste    en   que   adviene    una   insospechada  capacidad para   la   intuición    espontánea  de   la   esencia   pura   que habita   en   nosotros   y  que   no  es  otra   cosa   más  que  el substrato  sobre  el  que  el  entendimiento  activo   y  transitorio  se  levanta.  Tal  intuición  del  Ser  es  una  percepción sin  paralelo  posible  en  la  esfera  intelectual   y sensible  de cada  uno,  y  se  muestra  enseguida,  en  su  mismo  acto  intelectivo,   como  certeza  de  la  esencia   propia.  Esta  certeza o intuición  del Ser es lo que en el lenguaje  de Jesús  se indica como la fe en que el Cristo universal y Viviente, inmanente    y   trascendente  a   un   tiempo,   es   la   esencia única que  somos.  La  Vida  eterna  y  la  vida  limitada  y mortal, son los dos polos sobre los que oscila este reconocimiento.  Por  eso  dice  Jesucristo: El que  cree  en mí aunque muera vivirá [10] . Y también dice lo opuesto: Si no creéis que Yo soy, moriréis [11]  .

Es en este sentido de identificación con todas las adherencias  mortales,  o  por  el  contrario,  de  permanencia   eterna   e   independiente   como   conciencia   pura en Cristo viviente, por donde gira el pensamiento neo-testamentario, el cual traza una línea meridiana que separa y diferencia las dos esferas de creer o no creer, de haber percibido  o  no la  intuición  del  Ser,  del  sí-mismo. Según se   dice:    Cuando   es   llegada    la   hora,   los   muertos (vivientes)  oyen   la   voz   del   hijo   de   Dios [12]  para ser retornados  como  muertos  a  la  vida [13] .

En  verdad,  sólo los que  guardan  la Palabra, prime­ro la  esperan  y luego  la intuyen,  la  buscan,  la  aman,  la perciben  y, al fin,  la encuentran  y la guardan.  Como  es la Luz del Conocimiento que viene del Hijo, no gustaran la muerte jamas [14]  .  Ellos  tienen Vida eterna  y  no incurren en  juicio, sino que  han  pasado de  la muerte a  la Vida [15]. Ya no van  a morir,  porque  son  iguales  a los  ángeles;  son hijos de  Dios  y,  por  tanto,  hijos  de  la  resurrección [16]. La   confirmación   neo-testamentaria   es   concluyente: Entre los aquí  presentes  hay  algunos  que  no gustarán  la muerte  hasta   que   vean   venir   con   poder  el  Reino   de Dios [17]. De  éstos   hablamos   ahora.


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[1] Col  3,  10.  A esto  se  refieren  aquellas  expresiones de  San  Pablo  en las que  incita  a  despojarse del  hombre   viejo  y  a  revestirse del  nuevo  (ver: 2 Co  4,  6;  Ef 4,  22-24)
[2] Rm 8, 6.
[3] Col  3,  9-10.
[4] 1Cor  12,  10  ss.  San  Pablo  expresa  la  consideración  máxima  a  lo que  él  llama  don  de  interpretar.
[5] 1Jn  3,  14.
[6] Rm 6,  13.
[7] Rm 8,10.
[8] Rm 8,11
[9] Jn 6,50
[10] Jn 11,25
[11] Jn 8, 24.  Yo soy  (ehyeh  aser ehyeh =  Yo soy  el que soy),  es  la
denominación   con  que  a  Moisés  se  le  revela  (Ex  3,   14)   el  Dios  de  sus padres (el Dios de siempre). Esto equivale al Conocimiento, puesto que denominante  y denominado  son  una sola  y  misma cosa.  Al reivindicar  para sí este  nombre, Yo  soy, Cristo  se confirma  como el que es, el Ser  absoluto, es decir,  el  único Ser,  con  exclusión  de cualquier  otro.  No hay opción  para sugerir  aquí  ningún  dualismo  después  de  esta  declaración.  Cristo  es  el  Ser y como tal, es el Ser esencial en todo ser viviente, puesto que El es la Vida real  y eterna,  de cuyos  rayos  parece vivir  todo lo demás,  aunque  con  vida limitada   y   dependiente   de   Cristo.   Moisés   tuvo   en   el  monte   Horeb   la intuición  del  Ser,  esto  es,  de  Cristo.
[12] Jn 5,25
[13] Rm 6,13
[14] Jn 8,52
[15] Jn 5,24
[16] Lc 20,30
[17] Mc  9,  1;  Lc  9,  27.  Es  decir,  verán  el  Reino  de  Dios  y  ya  no morirán,  porque  estarán  en  la  Vida  eterna.



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